1602 – Maduro

Era medianoche y la luz azul de mi celular titilaba. Empiné el concho de mi última copa de vino y borracho lo tomé entre mis manos. Llevaba menos de un mes viviendo solo. Desbloquee la pantalla y sonreí. Uno nunca sabe hasta qué punto se es libre si no tiene la necesidad de traspasar algún límite y esa noche yo estaba dispuesto a traspasarlos todos.

Un mensaje en la bandeja. Instagram se había convertido en una herramienta de joteo descarado. Roberto, acompañado de un escueto Santiago – Chile, quería mandarme un mensaje. Lo acepté.

Me preguntó si quería hacer algo divertido, había visto mis fotos y que tras el match en tinder de la semana pasada, pensaba que ya era momento de hablarme. Le pregunté sobre qué tipo de diversión buscaba y me dijo que en persona lo decidiéramos. Acepté. Necesitaba relajarme, me convencí. Le compartí mi ubicación y en menos de 10 minutos sonó el citófono. Se vino manejando.

Inmediatamente se me revolvió la guata. Esas ansias de querer cagar y vomitar al mismo tiempo. Era la primera vez que invitaba a alguien a follar. Habían habido otros casos en donde citas terminaban en sexo, pero nunca tan explícito. Le abrí la puerta y nos quedamos mirando unos segundos. En sus fotos se veía menor. Podría rondar los 40 y tantos. Abrió sus enormes ojos negros y me sonrió con sus dientes blancos. Parecía sorprendido. Levantó sus manos duras y tomándome de la nuca acercó esos dientes a los míos. Saboreó mi paladar. Yo con los ojos abiertos, él con los ojos cerrados y disfrutando. Sonreí. Me gustaba este juego. Su lengua era dura y tras algunos forcejeos, logramos una armonía entre los chupones y las succiones, entre los lengüetazos, mordiscos y el choque de dientes.

Se despegó y me pidió el baño. Le di las indicaciones y me quedé solo. El estaba meando, escuchaba el chorro golpear el agua del water y mi guata se acordó que estaba nerviosa. Vi la cocina y la botella de vino estaba casi llena. No estaba tan borracho como debía. Me serví una copa y le serví una a él. Apareció tras de mí tomándome de la cintura y se la ofrecí. Sentí su suspiro de decepción en mi cuello. Tomó la copa y lentamente la llevó a sus labios. Estaba bronceado, tenía las arrugas blanqueadas y la piel dura. Le acaricié la mejilla. Estaba seco. Conversamos sobre su trabajo y recordé que yo tenía que estar a las 8:00 de la mañana en el mío. Me senté en el mesón quedando a su altura. El apoyado contra el refrigerador sacó un cigarro y le dije que podía fumarlo adentro, que no me importaba. Me contó que era psicólogo, pero que ahora era dueño de una empresa de Work and Travel. Había viajado prácticamente por todo el mundo y venía de una reunión en Sidney. Sentí como me achicaba. Había aprovechado para pasar unas semanas en una pequeña cabaña en Tailandia. Acompañado solo de monos. Tenía todo tan resuelto. Me dijo que había sido una tremenda experiencia y había vuelto renovado. Se había sacado todas las mierdas que una ciudad como Santiago podía infectarte. Y yo recién sentía como Santiago se abría para mi. Dejé la copa a un lado. Digamos que tenía 40, quince años más en la vida que yo, quince años para avanzar a punta de cagazos. Sacó su celular y pidió comida. No podía manejar de vuelta así, se excusó. Yo tenía claro que no le iba a permitir quedarse a dormir, y él tenía la decencia para no pedirlo.

Se acercó para darme un beso cargado en vino y nicotina y me excitó. Me separó las piernas y yo sentado sobre el mesón me apretó contra su cuerpo, me apretó la cintura con sus manos grandes y me apretó sus labios contra los míos. Luego recorrió su lengua de ceniza por mi cuello. Sus dedos secos por mi abdomen y escondió su palma entre el mesón y mi culo. Me sonrió.

Sonó el citófono. La comida iba subiendo.

Él pagó. Comida india. Saqué unos platos y prendí una vela en la mesa de centro. Se paró en el balcón a fumarse un cigarro antes de comer y salí a acompañarlo. El San Cristóbal se iluminaba con la virgen en su cima. Encontró que tenía buena vista. Aquí en el centro es difícil acceder a eso, me dijo. Supuse que no vivía cerca y recordé que vino en auto, que pidió comida de un lugar que conocía y que él había pagado. Pellizcó el cigarro al aire y lo vimos caer 16 pisos. Me abrazó y nos quedamos ahí, viendo los pocos autos pasar a esa hora por el forestal.

Comimos rápido, bebimos más vino y el vino surtió efecto.

Estaba sentado sobre sus piernas mientras metía mi lengua en su garganta. El vaivén de su pelvis. El rose. La calentura. Me desabrochó la camisa y yo le saqué la polera. Bronceado. Tetillas negras. Ni un solo pelo. Flectó sus brazos para levantarme y desabrochar su cinturón. Sus músculos se tensaron mostrando cada fibra ya cimentada por los años. Dura. Terza. Fuerte. Me obligó a ponerme de pie mientras me besaba. Mi manos torpes buscaron su pantalón y mis dedos encontraron el cierre. Se deslizó al suelo dejando libre un bulto generoso. El con una precisión quirúrgica se deshizo de todo lo que le molestaba hasta agarrar mis nalgas. Suspiró y me arrastró a la pieza. Sus manos generosas acariciaron mi espalda. Me preguntó si quería un masaje y no me negué. Se puso de pie, fue al living y volvió con un aceite que había sacado de su chaqueta. Lo calentó con el frote de sus manos, se sentó sobre mis muslos y acarició mi espalda con sus palmas. El peso de su cuerpo era reconfortante. Me tenía que levantar a trabajar en 4 horas. Aplicó fuerza y delicadeza a cada movimiento. Experto, pensé. Partió por los hombros descendiendo lentamente encontrando cada nudo, cada dolor, cada tranca y las desgarró con el aceite. Deseaba sumergirme en esas manos, en ese calor, en ese aceite y dejar que me llevara con él. Que me dijera en el oído que nada me va a pasar porque él está a mi lado. Que el futuro no es aterrador porque él ya lo vivió. Que vivir solo no me va a transformar en un ermitaño. Que mi gato no me comerá la cara cuando después de 4 semanas muerto alguien me encuentre porque el pasillo apesta a podrido. Que no me iba a hacer sentir estúpido a su lado porque vivo con miedo y es algo que él ya superó. Sus palmas se transformaron en besos. Y su lengua descendió hasta mi culo y hambriento me sacó un gemido. Su lengua dura tenía sentido ahora. Me dejé follar por la nicotina y el vino. Sus manos seguían su trabajo. Disminuyéndome. Haciéndome sentir incapaz. Mi cabeza apoyada en la almohada se debatía entre el sopor del vino, de la noche y del placer. No sabía en qué momento dormitaba y disfrutaba. El aceite escurrió por mis nalgas y desgarrando un envoltorio de un condón con los dientes, sentí como se introducía sin culpa, sin remordimiento, sin dolor. Me levantó hacia su cuerpo. Me envolvió con sus brazos. Mientras su pelvis me embestía y antes de acabar, me susurró que le debía una segunda cita en su casa, y desperté.

Se desplomó contra mi cuerpo y ambos nos quedamos como dormidos sobre la cama. No se cuanto tiempo pasó pero desperté de a poco. Tenía que trabajar, pero mi despertador no había sonado. El sol entraba directo por la ventana y él me miraba no se hace cuanto tiempo. Debía estar en la oficina, pero mi celular estaba muerto sobre la mesa de comedor. Me di vuelta para mirarlo de frente y me besó antes de que dijera cualquier cosa. Ya no tenía sabor ni a nicotina ni a vino. Tenía sabor a seco, a cuero, a viejo.. Culiamos una vez más y me dijo que quería seguir viéndome, que yo era especial. Pero yo solo pensaba en que quería que se fuera para volver a crecer, para que me volviera importar llegar a la hora a la pega, para que el futuro se vaya con él.

1602 – Grasa

“Si eres gordo, eres hétero”.

Se lo escuché a una de esos colas decírselo a otro que no conocían. Eran mis amigos y eran pesados. Ese era su deporte, pero no el mío. Esa noche decidí que no permitiría que ese comportamiento se me pegara. Decidí que esa noche sería la última como uno más de ellos.

Eso nunca ocurrió.

“Si eres gordo, eres hétero”.

Todos se rieron de él. Yo igual reí. A veces me gustaba pensar que era diferente. Pero estaba tan equivocado, era igual de tonto que todos esos.

Me escribió por instagram. El mosaico de selfies me desconcentró de ver lo que escondía. Sus palabras fueron rápidas y sin dejarme responder se invitó a mi departamento a tomar una piscola, no me negué. Estaba caliente. Sonó el citófono, tocó la puerta y le abrí. Era más bajo que yo y su rostro era igual de bonito que en las fotos. Eso fue todo lo que me permitió ver antes de clavar su lengua en mi garganta, sacándome la calentura a chupones. Lo consiguió y yo se lo devolví clavándolo contra la pared. Agarré sus muñecas con una mano mientras que con la otra mis dedos exploraron su rostro, luego su cuello y luego su pecho. Mis dedos se hundieron, agarré algo con una palma generosa y se soltó asustada para ser atrapada por pliegues que nacían de sus pechos que sudorosos reclamaban mi tacto. Me escandalicé. Mucho más cuerpo de lo que pensaba. Mi mano no alcanzaba a atrapar su magnitud, su redondeces, sus cavidades, sus pliegues. Me separé, pero sus brazos me obligaron a besarle el cuello. Abrí los ojos y la luz de la tarde entraba directa por el ventanal. La luz estaba teñida por el verde de las plantas, que sobre maceteros, me escondían del edificio de al frente. De reojo vi como se desabrochaba el cinturón. Entré en pánico. Le puse una mano en la muñeca para detenerlo. Lo besé y lo di vuelta. A lo mejor de espalda sería diferente. Pero no fue así. Se arqueaba hacia atrás y su guata se proyectaba hacia adelante. Mis brazos no alcanzaban. Mi abrazo quedaba corto. Mis manos solo llegaban a sus tetas, que contorneando sus pezones, quedaban guardadas bajo la grasa. En algún momento dejé de respirar. Me llevó la mano hacia su entrepierna. Yo sudaba y me obligué a calmarme. Suspiré en su cuello y él gimió. Mierda. Se dio vuelta como un trompo y me metió la lengua de nuevo, explorando como si buscara algo que meterse a la boca. Y tuve miedo de que quisiera comerme allí. Cortar mi garganta, beber mi sangre y chupetear mis huesos. Asar mis piernas y alimentarse de mi carne.

Me bloquee.

Me dijo que me quería follar, y a mí me sonó como si tuviera la boca llena de dulces. Me tomó de la mano y mis dedos se fundieron en su mano gorda. Me tiró a la cama. Cerró las cortinas y apagó la luz. En algún momento quedó desnudo como una masa caliente. Su cuerpo de un solo movimiento tocó cada centímetro del mío. Cada rincón fue invadido por una masa que se adaptaba, que palpitaba, que secretaba, que suspiraba, que deseaba. Y yo abrí los ojos y solo sentía su lengua, o su mano o su pierna o sus labios. No podía distinguir  y me abarcó por completo. Me sumergió en su piel. Me envolvió en sus pliegues. Me entibió con su sudor y empapado se desprendió.

Fue como un jale hirviendo.

La luz nunca estuvo apagada, las cortinas nunca estuvieron cerradas y nunca nos desprendimos de la pared. Me sonrió. Me dijo que le gustaba, pero que no iba a tirar conmigo hoy. De su bolsillo sacó un chocolate, y yo deseando que fuera mi culo, se lo tragó.

1602 – Íntimo

Tocaron la puerta  y me acerqué dudando. Vivía en uno de esos departamentos pequeños del centro, en una torre de más de veinticuatro pisos y con un conserje esclavo, cualquier persona que pasara por allí debía registrarse. Me asomé por el ojo de pez y el pasillo estaba vacío. Volvieron a tocar la puerta, esta vez como si la acariciaran. Me quedé en silencio y alguien habló con un acento que me puso caliente. Yo sé que está allí, me dijo, o ¿acaso ya no me quiere abrir? Sonreí. Me desordené el pelo aplastado por la almohada, me acomodé el pantalón de buzo y abrí la puerta.

Colombiano Dos me miró descubriendo su rostro de una capucha que lo escondía por completo. Me sonrió y yo me sonrojé de inmediato. Por fin había vuelto, dos meses sin saber de él me parecieron una tortura. Me tomó de la cadera y me metió la lengua entre los dientes. Me susurró que me extrañaba y con la otra mano me agarró el culo. Yo no me resistí.  Luego se separó y descansó sus manos sobre mis hombros. Me miró como si me inspeccionara y se rió. Estás más flaco, me dijo, ¿cuántos hombres han venido desde la última vez que le ví? Yo no dije nada y lo guié a la pieza. Me acosté y se detuvo a los pies de la cama, con ese aire latino empezó a sacarse la chaqueta de mezclilla y luego lamió su abdomen con un polerón gris. Apagó la luz y me arrastró a la cama. Supuse que no quería que le viera los ojos. Sabía que estaba drogado y sabía que era la única forma que tenía para evadir la culpa de engañar a su novio y cruzar la ciudad para tocar mi puerta.

Me dio media vuelta y me bajó el short con una mano mientras con la otra me masajeaba el culo. Me tiró contra la cama y sediento metió su lengua. Mi espalda se arqueó, mis manos se contrajeron y me dijo algo que no escuché.

Me encantaba Colombiano Dos. Cuando lo conocí yo salía con otro de su país, teníamos algo más serio, pero se tuvo que ir a Buenos Aires a vivir y Colombiano Uno pasó al olvido. Ahora Colombiano Dos era todo lo que tenía. Me dio media vuelta mientras se desabrochaba el pantalón. Me reí de él. Me causaba gracia ese papel de latin lover macho que tenía conmigo. Lo encontraba tierno a su modo. Pero eso no me calentaba. Me calentaba el hecho de que a pesar de que yo no le respondiera los mensajes, de que yo lo ignorara cuando me lo encontraba en la calle o lo tratara como a cualquier otro garzón cuando iba a comer al restaurante donde trabajaba, él siguiera drogándose, siguiera viniendo y de bajón: quisiera comerme el culo. Disfrutaba ese juego que era solo de nosotros.

Se sacó el pantalón y me dijo que se la chupara. No quise. Me insistió, cerró los ojos y volvió a hacer la pregunta incómoda: ¿Con cuántos otros hombres ha estado?, ¿sigue viendo al parce ese? No le respondí tenía la boca ocupada. Se quedó callado por varios minutos y me dijo que me había visto el otro día en internet.  Paré de chupársela y lo miré a los ojos, luego de un rato la largó. Me dijo que me vio en un video en un sitio porno. Alguien había subido una grabación donde “me culiaban el lindo culo que tenía” Le pregunté en qué página y no supo qué responderme. No recordaba que alguien me grabara, nunca habría permitido eso. Pero es difícil controlar lo que pasa cuando los tienes a tu espalda. Cualquier imbécil podría perfectamente grabado mientras yo no lo veía. Me asusté pero no dije nada, a lo mejor si lo negaba Colombiano Dos lo olvidaría, el mundo lo olvidaría, internet lo olvidaría. Le pregunté si al que se culiaban tenía un tatuaje en la espalda y de nuevo no supo qué responder. Alivio instantáneo. Ese tatuaje horrible era lo único que me podría delatar.

Me quedé sentado al borde de la cama. Ya no quería tocarlo. Me sentía violado. No por él. Pero se sintió como lo mismo. Me humilló sin darse cuenta. Me eché a su lado y prendí la tele.

Él aún tenía la polera puesta. Metí mi mano para acariciar su abdomen duro hasta que se me calmara la cabeza y él se estremeció. Me abrazó de vuelta y sentí su calor recorrer mi cuerpo congelado. Hacía mucho frío y recién me había dado cuenta. Vimos un capitulo de friends con un té. Su risa me calmó, luego sus besos en la frente y en el cuello. Su mano descendiendo por mi pecho, hasta mi pene. Sus labios como un resorte hasta que el calor de su boca me llevó a la temperatura ideal. Me levantó las piernas y las puso sobre sus hombros. Lamió la piel de mis testículos y su lengua exploró hasta encontrar lo que había venido a buscar desde un principio. No se detuvo hasta que le pedí que lo hiciera. Se rió y me dio vuelta y quiso metérmela así: sin condón. Me enojé como siempre. Me deshice de su cuerpo y me estiré a buscar uno en el velador, pero mis dedos se demoraron. Cuando por fin lo logré me di vuelta y Colombiano Dos estaba arrodillado sobre mi cama con su celular en la mano. Luego como si nada lo dejó sobre la cama y sonrió. El condón se cayó de mis dedos y le pregunté así, sin rodeos: ¿me sacaste una foto? Él abrió los ojos y me prometió que no lo había hecho. Que él no era de esas personas. Que a él no le gustaba ese tipo de cosas. Pero no le creí. No quise creerle. Quise que se fuera. Que dejara de humillarme en mi propia casa.

Después de unos minutos se acercó y me dio un beso. Yo no le corrí la cara. Estuvo un rato ahí. Encima mío, aún con su polera puesta. Le pedí que se la sacara para sentir el calor de su piel, pero se negó. Lo miré a los ojos esperando una explicación, luego de varios minutos me dijo que estaba asqueroso. Que se sentía feo, pero yo lo veía igual que siempre. Me contó que había tenido una peste y que tenía todo el pecho, la espalda y la frente llena de granos. No me aguanté y prendí la luz. Le miré bien la cara y lo obligué a sacarse la polera, eran muy pocas. Ahora me reí yo. Él era igual de inseguro.

El rió conmigo y como si ese gesto hubiera generado una complicidad entre nosotros, nunca más logró ponerse duro. Le dije que no importaba, que no era necesario tirar si no podía y me abrazó. Pero si me importó. Fingí que tenía que salir y le pedí que se fuera para arreglarme. Me sonrió y me dio un beso en la mejilla. Se había creado un vínculo entre nosotros y lamentablemente ninguno de los dos quería tenerlo. Con Colombiano Dos nos dimos un beso que se sintió como el último y cubierto en la capucha me sonrió con su cara apestada y una foto de mi culo en su celular.

 

Incendio – 8 – Nadie

Supe quienes eran desde el principio. Los veía aparecer cada noche, con sus cuerpos, con sus sudores, escupiendo humo azul de sus gargantas, iluminando sus rostros con grindr, hasta que el rubio los juntó a todos. Vamos al antro, les dijo. Llegó arrastrando al moreno y detrás venía el barbón, todos demasiado ocupados como para notarme. Recuerdo que el chico apareció harto rato después junto al grande y detrás del grande siempre venía el alto, como si se arrastrara, mirando de lado a lado, demasiado preocupado de que alguien se lo arrebatara. La noche acababa y el colorín fue el último en aparecer. A él solo le interesaba el rubio. Podría decir que era el único que lo amaba. Pero qué mierda sabía yo, si yo nunca fui alguien para ellos.

Cada viernes pasaban por mi lado. Sin verme. Sin tocarme. Sin desearme. Como si me esquivaran, como si el solo hecho de hablarme les pareciera repulsivo y yo solo quería ser notado. Me atreví a abrir la boca, pero mis palabras fueron burbujas, demasiado torpes, demasiado livianas y demasiado transparentes. Los busqué por la pista. Les ofrecí piscola. Les dije que eramos ocho. Pero no dijeron nada. Fui al baño a sacudir la humillación. Otra noche sin ser nadie. Otra noche de empujones sin disculpas. De piscolas derramadas. De bailar solo sosteniendo un vaso.  

Me asomé y vi la pista y los cuerpos eran un solo cuerpo. Primero sentí el olor a humo y las llamas empezaron a eso de las 5 de la madrugada. Pisco derramado, música repetida, cuerpos que hacían lo mismo una y otra vez. Las luces eran rojas y azules. Las paredes de cerámico, escurrían sudores que no le pertenecían y los vasos rotos se acumulaban en una esquina. Yo los miraba y nadie me notaba.

Los cuerpos huyeron frenéticos. Otros se acercaban como polillas a las llamas. Y para otros ya había sido demasiado tarde. Sentí envidia, la puerta se abrió ante mi. La salida. La salvación. Pero me quedé y por primera vez fui parte. Nosotros ocho fuimos quemados y solo nosotros lo soportamos. Nuestros cuerpos se contornearon como las mismas llamas. Nuestras pieles se derritieron para formar un solo charco de sudor y piscola. Cambiamos, pero no cambiamos para bien, eso era seguro. El antro se sacudió y nadie lo notaba y nadie aún me notaba.

Caminé entre las llamas y parecían no tocarme. Caminé entre los cuerpos y parecía que ellos no podían tocarme. Las paredes para mi ya no eran paredes. El suelo ya no podía sostener un peso que no existía. Miré mis manos esfumarse y suspiré. Los límites ya no eran límites.  La noche ya no me contenía y los seguí.

El rubio fue el primero que huyó. Caminé detrás de él. Se tambaleaba por una calle que temblaba y de su cuerpo el incendio se propagó. La ciudad estaba en llamas y la ciudad era el chico y el antro era el chico y no sabía si el chico iba a permitir que todo se volviera cenizas. Seguí al rubio hasta una iglesia. Allí se sentó solo, cargó su celular y esperó la noche. El fuego se veía mejor en la oscuridad, pensé. Lo miré por un largo rato hasta que su celular vibró. Vi que lo puso en su pantalón y salió de las vigas carbonizadas, dejando el incendio atrás. Caminó bajo el día, sin las llamas, sin la ceniza.

El barrio de día era de esos antiguos, de esos franceses, de esos repletos de pasajes sin salida y edificios de 4 pisos. De ciclistas y de anteojos. De rapados y de jopos. De putishorts y cuellos abrochados. De helados de gengibrenaranja y helados de rosa. De resaca después de una noche de pisco y de una última cerveza comprada en la calle. De una última falopa. De una última mirada coqueta. De un roce en el brazo. Lo miro. Él cruza la calle y toca la puerta. El vapor nos envuelve. Son cincomilquinientos. Un saco, una toalla, el chico no me nota. El grande no me nota pero quiere tocarme pero no puede. El vapor fluye como hongos entre los cerámicos. Y la luz viene y todos huyen, somos liebres en una orgía en la mitad del campo cuando una camioneta nos alumbra, menos yo. Yo no participo. nadie me nota. Yo salgo. El sol en el rostro. Uso de esos anteojos, con esas resacas de último pisco y sigo al rubio hasta la iglesia, comiendo un helado de genjibrenaranja.

Sin la ceniza todo era diferente. El antro estaba muerto. El chico dormía. El rubio encajaba perfecto entre los brazos del moreno y del barbón para pasar el calor. Los escucho reír. El colorín aparece a ratos. Lleno de celos, de pasiones, de tragos de aguarrás, de oleos que no acaba. Lleno de mensajes del alto. No eres suficiente, le repetía. Déjalo. Busca a otro. El mundo está lleno de otros rubios. Pero el colorín no lo podía escuchar. Y ahí me di cuenta que el colorín se quemó y se quemó fuerte.

Era sábado y sentí que esa noche todo acabaría. El alto estaba nervioso. Y el chico estaba nervioso. Y el colorín tenía cara de muerte.

El moreno lo sabía antes que yo. Trató de detenernos a todos, pero era inevitable. Todos habían dejado al alto de lado. Lo habían ignorado. Y a mi nunca me notaron.

Todos estuvieron allí cuando el alto deshizo al rubio y el rubio se apagó y la ciudad se derrumbó y el colorín se lo llevó entre sus brazos. El chico estaba mal y el grande quiso seguirlo, pero todo crujió y el se filtró entre los agujeros de la tierra y el grande no pudo alcanzarlo. El moreno lloraba por primera vez y el barbón había desaparecido tras una de sus puertas. El alto quedó atónito y se fue avergonzado. El rubio no apareció más y el colorín contó que al rubio el antro le rugía  y que ya no era bienvenido. El no sabía que el chico no iba a permitir que sucediera algo parecido de nuevo. El moreno lloraba. Nadie parecía notarme. Me acerqué a él y le tendí la mano y se reincorporó. Nunca me miró. Estaba bien, nadie parecía notarme de todos modos. Le dijo al colorín que él sabía que esto ocurriría. El colorín lo miró, le gritó de forma horrible. Lo acusó de no hacer nada para detenerlo y el moreno no dijo nada y el colorín se fue. El barbón estaba lejos. Y el chico no iba a permitir que volviera a suceder. El grande dio largas zancadas y se fue a otro barrio. Dijo que allí no comían helado gengibrenaranja y rosas, pero que había resaca de cerveza.

La noche se acababa y las esquirlas de madera quemada era lo único que quedaba de una ciudad en llamas. Me di media vuelta.

Oye me dijo y me detuve.

Y yo me iba a dar vuelta,

Pero yo no era nadie.

Incendio – 7 – Serpientes

Casi todo el tiempo éramos una marabunta.

Nos deslizamos por el antro junto a los cuerpos que giraban. Pisamos charcos de pisco derramado y todo olía a alientos compartidos. Lo vimos, luego nos detuvimos. Lo acechamos desde la oscuridad y nos enroscamos entre sus brazos, clavamos nuestros colmillos en su cuello y le inyectamos todo nuestro veneno. El grande era nuestro desde que nos empapamos de su sudor. Tocó nuestra piel fría y nos apretó contra su cuerpo, luego cometió el error de mirarnos a los ojos. Se detuvo como si algo le dijera que no lo hiciera, pero era demasiado tarde. Se perdió. No solo perdió las pasiones de esa noche, si no que perdió todo lo que recordaba antes de nosotros. Sus ojos se desorbitaron y le dijimos que solo siguiera nuestra voz, que todo iba a estar bien. Lo tomamos de la cintura y lo guiamos para cobijarnos bajo tierra.

El hechizo se rompió cuando el chico pasó por nuestro lado. Lo odiábamos. A él y a toda esa tropa que lo seguía. No encajaba, no pertenecía, no era parte de la marabunta. El rubio era un incendio y eso no nos molestaba, el fuego nunca nos había hecho daño. Pero el chico era diferente.

Le mostramos los colmillos para que se alejara. El grande era solo nuestro. Pero el chico le tenía los ojos encima. El grande se alejó, nos enroscamos, le inyectamos nuestro veneno, lo hechizamos una y otra vez, pero el chico era peligroso y el antro se sacudió y el grande se zafó de nuestro agarre y lo siguió. El antro se sacudió y nadie parecía notarlo. La puerta se abrió como para dejarnos ir, pero no queríamos, y nos plantamos allí,  exigiendo que nos lo devolvieran. El antro se sacudió y las luces nos enfocaron en el rostro, nadie parecía notarlo. Nos deslizamos por la pista y el suelo temblaba y las luces no nos perdían de vista, como si temieran que hiciéramos algo. Vimos al grande subir las escaleras y perderse tras una puerta que desaparecía y nuevamente nadie parecía notarlo. El suelo se levantó y como de un gran  empujón nos estrelló contra la pared, pero la pared no era pared, si no pavimento bajo una noche de verano.

Nos habían expulsado.

Bajo la noche.

Sobre el asfalto

En los supuestos calores de la ciudad.

Nos sacudimos el polvo. Nos pusimos de pie y la noche recién comenzaba. Nos deslizamos por los cuerpos que sentados en la cuneta miraban la nada cubiertos de ceniza. Nosotros aún estábamos hambrientos. Les preguntamos que veían y ellos no respondían. Nos acercamos y acariciamos sus cuellos, y ellos no respondían. Sacamos nuestros colmillos y en la oscuridad les inyectamos todo nuestro veneno y ellos no respondían. Nos enroscamos en sus brazos y los convencimos a que nos siguieran y ellos no respondían. Les susurramos que la noche recién comenzaba y que la ceniza y el incendio no nos hacía daño. Ellos abrieron los ojos y se pusieron de pie. Nos miraron y bajo nuestro hechizo nos siguieron por los callejones de la noche.

Caminamos por fachadas continuas, por puertas que daban a la calle y por ventanas cerradas que temían la oscuridad. De una de esas puertas salió el barbón asustado y nos detuvimos. Lo obligamos a que volviera a nosotros, a que reconsiderara todo lo que habíamos vivido antes y que esta vez si nos aceptara. Pero sabíamos que eso no ocurriría. No mientras la ciudad se quemara. Nos enroscamos en su brazo y con fuerza, lo obligamos a que nos mirara. Él sabía lo que queríamos hacer y no nos miró a los ojos. Nos gritó que nos fuéramos. Que ya nadie quería estar con nosotros. Reímos fuerte. Nosotros nunca estábamos solos. Nos enrollamos en su cuello. Él no tenía alternativa. Estaba preso. No podía escapar de nosotros. No habían puertas que lo llevaran lejos. Le inyectamos nuestro veneno y sus ojos se abrieron y tuvo que mirarnos y rápidamente, olvidó quién era.

Oye nos gritaron y atrás nuestro estaba el colorín. Con el colorín éramos amigos. Estaba cambiado. Todo esto del incendio lo había afectado más que al resto. El incendio lo había alejado de nosotros. Lo saludamos. Y nos suplicó que los dejáramos ir. Reímos. Acaso se había olvidado cómo éramos antes de todo esto. Lo empujamos y le gritamos que se fuera. Que teníamos mejores cosas que hacer que hablar con alguien que se había hecho quemar de esa forma. El colorín nos recordaba a nosotros antes de la marabunta.

Los tres de la cuneta y el barbón nos siguieron. La ceniza caía débil. Estábamos lejos. Mi móvil sonó y era el moreno. Nos dijo que sabía lo que íbamos a hacer. Nos dijo que él no iba a ir hasta nosotros. Que no iba a caer al igual que todos en nuestro hechizo. Pero que él sabía a donde los llevábamos y que haría algo al respecto. Luego nos cortó.

Estos maricones se entrometen más de lo que deberían.

Quedaba poco. Allí ellos no tenían poder sobre nosotros. Solo cruzar la calle y esto se acabaría para siempre. El semáforo se fue a negro y las luces se fueron a negro y las estrellas una a una se apagaron. El suelo tembló y la tierra se abrió y de las profundidades nació la torre. Llena de vapores, de recuerdos, de pasiones.

El barbón se detuvo y puso sus ojos en el cielo. Un cuerpo saltó de la cima y cayó. El suelo se sacudió y allí estaba el chico. Había caído desde lo alto, había caído de pie y como si fuera una escultura se mantenía inmóvil, como una de esas gárgolas que colgaban desde las casas. Los tres de la cuneta despertaron y el chico rompió mi hechizo. Se acercó al barbón y una gárgola se lo llevó. Lo atrapó entre sus brazos y voló de allí perdiéndose entre el humo. El chico lo hacía a propósito. Nos odiaba tanto como nosotros lo odiábamos a él. Los tres de la cuneta huyeron de allí y nos quedamos solos, viéndonos a la cara. Qué quieres de nosotros. No nos dijo nada. Déjanos en paz. No nos dijo nada. Nunca serás parte de la marabunta. No nos dijo nada, pero el suelo tembló y las veredas se abrieron y una puerta cedió bajo mis pies. El chico nos odiaba y no nos dejaría en paz hasta que nos perdiéramos, hasta que dejáramos de perseguir al grande, al barbón, al pelirrojo, a todos. Nos odiaba porque el incendio no nos había tocado.

Nos pusimos de pie. El suelo era de cerámico y la luz escasa. Los vapores verdes y púrpuras crecían como hongos entre las paredes. Un cuerpo apoyado contra el muro nos miraba. Nos embriagamos de él y calló atontado, como no sabiendo quién era. Nos reímos fuerte.

Caminamos. Habíamos estado tantas veces aquí. El chico no tenía poder en ese lugar. No tenía poder entre los vapores. Entre las pasiones desbordadas. Sentimos su calor y nos llamó por nuestro nombre. Había escuchado esa voz tantas veces antes. El vapor verde era intenso y de entre la niebla apareció. Era el rubio. Algo había sucedido entre él y los demás para que lo tuvieran allí encerrado. Nosotros ya no éramos parte de esto. Nos saludó con un abrazo y sentimos su calor quemándonos. Pero nuestra sangre era fría. Reímos fuerte y le preguntamos qué quería. Nos dijo que estaba solo. Que se había quedado solo y que solo nos quería a nosotros. Reímos fuerte. Nos enroscamos en su mano y caminamos por pasillos tibios y subterráneos. Olía a ceniza. Él era un incendio y donde nosotros lo guiábamos el fuego ardía. Los demás nos miraban y más de una vez tuvimos que arrebatarlo de los brazos de algún otro que no podía tolerarlo. Todos eran unas malditas polillas contra una vela. Menos nosotros.

Le metimos la lengua hasta la garganta y saboreamos su calor. Sentimos nuestra sangre acelerarse, calentarse, hervirse hasta nuestros sesos para descender y volver a enfriarse, a detenerse, a estancarse, a congelarse. Vimos el fuego en su cuerpo. Vimos los cuerpos de los otros huir. Vimos la ceniza caer como nieve y reímos fuerte. El fuego era intenso. Acariciamos su pecho y tomamos su llama y la arrancamos. El calor se disipó de las cerámicas, de sus palmas, de sus venas, de sus ojos, de sus pasiones. El incendio se extinguió y con él la tierra tembló sobre nuestras cabezas y se partió. Sobre nosotros estaba el chico mirando al rubio entre nuestros brazos. La ciudad se vino abajo y de golpe ya nada tenía sentido. Ya todo lo que nos unía se había extinguido junto al incendio y nosotros no pudimos reconocernos. El grande se asomó y el barbón se asomó y el moreno se asomó y hasta el colorín bajó y nos arrebató al rubio y se lo llevó.

Nosotros reímos fuerte. Reímos. Reí y el otro rió y no recordábamos de qué nos reíamos.

La tierra se cerró y todo volvió a ser oscuridad.

 

Incendio – 6 – Sudor

Mis dedos se perdieron bajo su camisa. Atrapé su sudor con mi palma y deslicé mi pulgar sobre mis labios. El alto sabía bien. Lo tomé de la cintura y bebí de su garganta. Lo abracé matando el vacío entre nuestros cuerpos y no tuve que agacharme para besarlo. Era alto y cuando uno es grande, pocos son los que pueden alcanzarte.

Llevaba horas en el antro, girando y mirando los cuerpos hacer lo mismo a mi lado. Saboreando su sudor, rozando su piel, gozando cada explosión de sensaciones.  De pronto estaba empapado. Estaba sediento. Estaba hambriento. Mis pupilas se expandieron y por fin mostré mis colmillos. Tomé al alto del cuello y enterré mis labios en su piel. Devoré sus pasiones y todo sabía a nostalgia.

Me detuve solo cuando vi al chico bailando al otro extremo de la pista. Su cuerpo se debatía entre los brazos del moreno y del barbón. Su piel me miraba como exigiéndome que la tomara. Que la hiciera mía. Que bebiera solo de ella y me alimentara. El chico lo era todo y solo con todo podría quedar satisfecho. Gruñí y mi instinto obedeció. Me agarraron del brazo, el alto no quería que me fuera. Acarició cada uno de mis músculos y me pidió que me quedara, que no fuera con ellos,  que me siguiera alimentando sólo de él. Pero él no sabía que para mí, no era suficiente.

Luces rojas y azules, música vibramte. Calor, cigarrillo y una piscola derramada en la camisa. Caminé apartando los cuerpos que bailaban a mi lado. Me aferraban contra la pista e inmóvil vi como nuestros sudores se convertían en uno. Placer fue lo primero que tomé de ellos. Respiré y el chico bailaba entre los brazos de los otros. Tomé cada uno de los cuerpos y me alimenté. Los devoré primero desde sus gargantas, engullí sus carnes, sus vísceras, sus pasiones, su nostalgia y nos hice uno. Podía moverme y los cuerpos se fundieron con el mío y crecí. Mi cabeza estaba sobre la de todos y haciéndome paso entre la multitud, crucé la pista.

El chico no estaba por ninguna parte. El rubio saltó y se aferró a mi cuello, como gritándome que lo consumiera y que no dejara nada de él. Sin pensarlo abrí mis fauces, pero el moreno me detuvo y me entregó una piscola. Al seco, me dijo, y yo agarré el vaso con dos dedos, como con miedo a romperlo y me lo tomé de un trago, pero la sed no se apagaba, por lo menos, no con alcohol. El moreno siempre entendía, apuntó a la gente y me sonrió. El chico se escabullía entre los cuerpos sin siquiera tocarlos. Sin tener conciencia de ellos.

Me desprendí del rubio y hambriento caminé apartando el sudor y los humos de los que bailaban. Su sudor se evaporaba con el calor del incendio que quemaba la ciudad. La nube de pasiones y nostalgias se filtró a mis pulmones y sus manos me acariciaban mis abdominales, mis brazos bronceados y mis piernas gruesas. Sentía su calor, su deseo desatado. Bebí de sus gargantas y el chico no estaba. El barbón apareció tras una puerta y me tomó del mentón y mirándome a los ojos me dijo que me deseaba. Le gruñí al oído, él no sabía que yo los deseaba a todos. Giramos en la pista y vi al chico subiendo por la escalera y perdiéndose en la oscuridad, solté al barbón y lo seguí. El alto y el rubio me tomaron de cada brazo. Me pidieron que no me fuera. Que no los dejara solos. Que consumiera cada una de sus pasiones, cada una de sus nostalgias y los dejara vacíos. Pero yo estaba hambriento. Gruñí y los amenacé con mis colmillos. Si no me soltaban me llevaría más que eso y huyeron perdiéndose entre los cuerpos que giraban. Me levanté sobre la pista y de un paso, llegué hasta la escalera. El antro enmudeció de pronto y los miré a los ojos y subí a la oscuridad. Mis pasos se hicieron sentir.

Abrí la puerta y ésta sonó de dolor. Algo me miraba como si estuviera esperándome y yo llevara horas atrasado. Eso arrastró sus piernas atrofiadas y me ordenó desvestirme. Me inspeccionó cada rincón del cuerpo rozando su piel arrugada contra la mía. Me aprobó con la mirada y me entregó una toalla. La enrollé a mi cintura. Gruñí. Cubría lo suficiente.

Eso me indicó que lo siguiera. De entre sus trapos sacó una linterna e iluminó un pasillo que parecía abandonado. La ceniza se acumulaba como la nieve y mis pasos reabrían un sendero que nadie había transitado antes. Iluminó la puerta al fondo del pasillo. Olfateé el aire. El sudor del chico estaba cerca. Estiré el brazo, eso pegó una carcajada y abrí la puerta.

Penumbra y humedad. Todo estaba impregnado a sudor y secretos. Di un paso para darme cuenta que no estaba solo. Siluetas a contraluz se giraron para verme. Sus ojos solo eran atraídos a la toalla alrededor de mi cintura. Me acerqué. Otros hombres estaban apoyados en pasillos demasiado estrechos como para pasar sin rozarlos. Ninguno se movió. Caminé descalzo por suelos de cerámica y con los dedos de la mano rozaba la superficie caliente de las paredes. Caminé un largo rato sintiendo el vapor convirtiéndose en agua y escuchando los pasos de los hombres que me seguían. No podía ver al chico por ninguna parte, pero mis pies no se detenían. Seguían ciegos por pasillos repletos de cuerpos. Me detuve. Una luz centelleaba y me acerqué salivando. Mi respiración se agitó. Mi corazón se aceleró. El cuarto se iluminaba con el reflejo de un televisor viejo. Nadie le prestaba atención al porno duro de la pantalla. Frente al resplandor había una gran tarima y sobre ella, hombres dormidos y entrelazados. No fui capaz de distinguir dónde empezaba uno y terminaba el otro. Gruñí y me senté.

No sé cuánto tiempo pasó, pero salí de allí removiéndome la saliva de los labios. Me agaché  para esquivar la parte alta de la puerta. El lugar era más pequeño y estrecho. Caminé encorvado por pasillos similares, repleto de cuerpos, que de espaldas hacia la pared, me miraban a los ojos pidiéndome a gritos que me alimentara de su carne. Ellos no sabían que yo no solo tomaba sus cuerpos. Me llevaron por campos antiguos y calles empedradas. Por viñedos y galerías de arte. Sus manos me jalaban hacia otros pasillos. Hacia otros mundos y todos eran iguales. Todos oscuros y todos con hombres apoyados en sus paredes. Me sentaron en una mesa. El mantel blanco se mecía con la brisa. Plato tras plato, de carne, de vísceras, de pasiones, de nostalgias.

Abrí los ojos de golpe. Mi mirada atajó al chico mientras pasaba por mi lado, a penas rozando sus dedos contra el mantel, apenas tomándome atención. Estiré el brazo para detenerlo, pero era como el aire, Me puse de pie y los otros cuerpos se aferraron a mí. El chico se escabullía. Se escabullía entre las toallas, entre la oscuridad, entre el vapor y entre mis dedos. Lo vi doblar una esquina y desapareció.

Lo seguí y obligué a mi cuerpo a moverse. Mi apetito seguía intacto. Gruñí y me apoderé de esos cuerpos que no me dejaban ir. Crecí, corrí y giré en la misma dirección y otra puerta coronaba una escalera. Nuevamente subí.

Abrí la puerta y el vapor era intenso, pero el calor más intenso aún.

Caminé atravesando el aire blanco. Escuchaba el flujo de sangre dentro de venas. Estiré un brazo para palpar la nada. Escuché la puerta abrirse tras de mí y corrí para perder a los que me seguían. Ellos ya no tenían nada que entregarme. Alguien tomó el extremo de mi brazo y se me abalanzó encima. Podía palpar el sabor de su sudor sobre mis labios. Todo escurría y goteaba, y mis pies se hundían en un charco de sudores. Mi cuerpo se alimentaba sin siquiera saberlo y el lugar se hacía cada vez más pequeño.

Gruñí, saboreé al chico cerca y corrí de nuevo. Corrí ciego por este blanco. Y pensé que así podría haber sido el mundo sin él. Un mundo sin acabar. Un mundo en pausa, esperando a ser creado.

Resbalé y caí por una ladera. Mi cuerpo rodó y el que me tenía del brazo, rodó conmigo y lo perdí cuando me detuve.

Sentí la arena bajo mis pies. Saboreé el sudor del chico en el aire y la nada se disipó.

Escuchaba el sonido del mar en sus olas. Me encontraba en una isla de arena caliente. Mi sudor chorreaba por mis brazos, por mi espalda y por mis piernas y sus gotas alimentaban un mar denso. Entrecerré los ojos y vi como otros vagaban buscando un camino con el agua hasta la cintura. Sus miradas estaban perdidas en el fondo, junto a sus pies, como recordando quién los había hecho sudar tanto.

Una luz. Metí mi cuerpo en el mar y caminé hacia ella. Al cabo de un rato vi que un pequeño bote a remos se hacía camino cada vez más rápido hacia la niebla que escondía los límites. El chico iba sentado, despreocupado con los brazos tras su cabeza y su pequeña toalla asegurada a su cintura. Corrí lo más rápido que pude. Pero el sudor era denso y se alejaron hasta ser una luz perdida.

Abrí los brazos y los ojos de los vagabundos se posaron en mi piel y como sanguijuelas lamieron y se alimentaron. Y yo me alimenté de ellos. Crecí y ellos se aferraron a mi cuerpo.

Gruñí y di largas zancadas sobre el mar. Las aguas se agitaron y levanté una tormenta. El agua, el sudor, el calor, los cuerpos. Llovía. Los truenos iluminaban el océano y las serpientes marinas acechaban atentas cualquier cuerpo que se soltara. Mis pasos eran meteoros sobre un mar agitado y  una de mis pisadas abrió el fondo del mar y el sudor se filtró y el océano desapareció y el suelo cedió y caí.

Abrí los ojos y todo estaba oscuro. Sentí una mano resbalar por mi abdomen y detenerse. Sentía el alcohol recorrer mis brazos y piernas. Poco a poco se nublaban mis sentidos. La mano se convirtió en dedos que deslizaban su yema sobre mi piel. Buscando. Descubriendo. Me puse de pie y abrí los ojos. Todo estaba oscuro. Entonces caminé a ciegas, eso me seguía. Sus dedos exploraban mi cuerpo y fui consciente de lo grande que era. Los dedos se convirtieron en brazos que trepaban mis propias piernas. Manos y dientes que se aferraban por miedo a caer y perderse en la noche. El placer se convirtió en lamento. Ya no quedaba nada de pasión, solo nostalgia. Su sudor eran lágrimas y ya no pude más. Ya no quise sentirlos, ni escuchar su lamento y quise huir, pero ellos ya eran parte de mí. Y cerré los ojos sobre la oscuridad y sentí cómo mi piel se invertía. Cómo mi rostro se volvía hacia un interior y mis brazos buscaban asilo dentro de mis vísceras.

Abrí los ojos y mi pie se hundió en un suelo palpitante. Algo gimió con mi tacto y se estremeció con mi calor. Sabía a sangre y a sudor. Podía ver el rojo de la carne y sus rostros que satisfechos de mí, querían soltarse y volver, pero mi piel los fundía y devoraba. Camine lento y me deslicé entre órganos y secreciones. Mi cuerpo se disolvía para volver a ser parte del todo, pero el todo era el chico y él no se encontraba allí. Sin él, el todo no tenía sentido y traté de huir, de salir de mis cuerpo. De rechazar mis necesidades, mis anhelos y mis pasiones. Ya era pura nostalgia.

Mi palma se hundió en la carne y se aferró a una puerta. La abrí y el cuerpo quedó atrás, junto con sus sudores y secretos.

Una luz titilaba débil en un pasillo de paredes empapeladas. Cientos de puertas doradas. De recámaras de príncipes y poetas. Podía saborear al chico en una de ellas. Gruñí y me arrepentí. Suspiré. Sabía en cual estaría. Podía distinguir su sabor. Mis colmillos se escondieron y caminé completamente erguido por el pasillo de puertas doradas. Las puertas se abrieron llena de deseos. Llena de pasiones. Sus brazos me retuvieron. La última puerta era mi puerta. Gruñí y los brazos me aferraron aún más fuerte. Saqué mis colmillos para ahuyentarlos, pero tomaron mi piel y se adosaron a ella. Los príncipes y poetas bebieron de mi. Me sentaron en la mesa de mantel blanco y los devoré hasta que no quedó nadie que me hiciera frente.

Gruñí. El chico se alejaba.

Me hice paso por el pasillo. Era estrecho y mientras me acercaba a la última puerta, se contraía como para asfixiarme, para dejarme allí atrapado. Pero rugí y la última puerta se abrió.

El viento me pegó en la cara y la toalla se deslizó pasillo abajo. El calor quemó mi cuerpo y los cuerpos de príncipes y poetas se quemaron y cayeron como una montaña que se derrumba. Caminé unos pasos entre mis escombros. Y el chico estaba de pie en el borde de la torre. La luna se reflejaba en su piel blanca. Se dio media vuelta y nuestras miradas estaban a la misma altura. Estiré el brazo y el chico no se movió. Su piel se escabulló entre mis dedos, y el chico no se movió. Lo abracé y el chico no se movió. Gruñí y el chico no se movió. Mostré mis colmillos y el chico no se movió. Toqué su piel y el chico no se movió. Su piel se evaporó y el chico no se movió. Lo besé y el chico no se movió. Le grité por su nombre y el chico no se movió. Le dije que lo deseaba y el chico no se movió. No le dije nada y el chico no se movió.

Me senté al borde de la torre sintiendo el calor de una ciudad que se quema y el chico suspiró y se sentó a mi lado sin prestarme atención.

Incendio – 5 – Óleos

Me tomó del mentón para rozar mis labios contra los suyos. Bebí de su fuego y sentí su ardor recorrer mis venas. Lo miré, el rubio posó su incendio en mis ojos y todo fue gris ceniza. Lo empujé y el barbón lo empujó y el chico lo contuvo entre sus brazos. El antro ardía. Las luces se apagaron de pronto y yo salí de allí, con la piel impregnada a tu olor y las manos cubiertas con lubricante.

Todo era gris y las luces eran sombras en mis  ojos. Pestañee para apartar la ceniza de mi rostro. Bebí un trago de pisco. Sentí el líquido abriéndose paso por mi tráquea y quemar mi estómago vacío. Salí de allí para respirar un aire denso de domingo, cargado de humo, asfalto y cenizas.

Llegué arrastrándome a mi cuarto, olvidé la puerta, aparté el espejo hacia un lado, me clavé en la cama y no salí más.

Desperté con la luz de la tarde. Los grises eran más claros ese día. No recordaba cómo había llegado, pero no tenía importancia, todos los días eran iguales. Me di media vuelta, mirando la pared, enfocado en uno de los cuadros que colgaban alrededor. Recordaba que era celeste mar agitado e isla blanca que resalta en una tormenta de nubes vaporosas, pero solo veía el gris entre grises. Hundí la cabeza bajo mis brazos y me dormí.

Pasaba más horas sobre un pequeño colchón en una esquina oscura del cuarto que haciendo lo que realmente debía hacer. Me lamentaba por un dolor que aún quemaba. Y cuando me era insoportable bebía un trago de pisco.

Estiré el brazo buscando la botella, pero se perdió y tropezando con el caos encontré un cofre lleno de óleos de colores. No grises de diferentes tonalidades, sino colores, como los que recordaba de mis cuadros colgados en la pared. Las saqué una a una y las ordené en el suelo cerca del espejo. Tomé una de mis sábanas y la clavé a un bastidor de madera hecha con tablas. Tenía el tamaño de mi cuerpo y tras contemplarla durante horas, maté la tela.

Pasó un tiempo antes de decidirme. Los óleos eran los únicos colores que me quedaban.

No recuerdo el día en que me atreví a tomar la brocha, y tras horas confeccionando el color preciso, la hundí en un óleo naranjo tigre, cuando ruges mi nombre, te penetro y arqueas tu espalda, y mirando el espejo le di forma a mis rasgos.

Cuando no sabía de ti, soltaba la brocha y esos eran días en donde no hacía nada. Todo hedía a aguarrás y el sol no alcanzaba a iluminar los grises del cuarto. Catatónico recordaba el incendio como un sueño inconcluso, recorría la casa de infancia en donde vivían todas mis pesadillas. Sabía que se acercaba el fuego, pero en el centro de la habitación aún estaba la tela junto al espejo y yo me miraba, como diciéndome que no podía escapar si no lo terminaba. Y tenía razón.

Me puse de pie y al otro lado de la ventana, caía ceniza como nieve gruesa y el retrato con un solo ojo a medio acabar susurraba que tomara la brocha, que hacía calor y que prendiera un cigarrillo.

El humo azul adentro. El fuego rojo afuera.

Oía los gritos que me suplicaban que huyera, que dejara todo a la suerte, que se consumiera y rescatara solo los restos. ¿Acaso todos eran unos estúpidos,  no se daban cuenta que yo, simplemente, no podía escapar?

Caí sobre el colchón y el retrato se reía con sus labios gruesos, inflando su nariz redonda y entrecerrando esos enormes ojos de pestañas crespas. Me llevé la mano a la cara y pareciera que fuera un golpe y desperté. No estaba dormido, pero desperté. El retrato era mi viva imagen.

Me arrastré del colchón hasta el bastidor. Tomé el último sorbo de pisco y me puse de pie. La habitación giraba y yo era el centro y el retrato era el centro. Sus ojos eran mis ojos. Su boca ancha, sus orejas grandes, su nariz redonda, su cara lampiña, su imperfección. Me sonrió y yo lo escupí de vuelta. Le grité que yo no era así. Que yo no me convertiría en lo que él deseara. El rió. Tomé el pincel y lo sumergí en el óleo del color de la furia cuando se explota. Tache el lienzo de extremo a extremo, como si lo rajara, como si con ese gesto quisiera asesinarme. Pero seguía allí. Riendo. Mirando esos ojos de nunca serás más que esto.

Retrocedí. Mis tobillos rozaron el colchón en el suelo y me desplome, pasaba más tiempo sobre el colchón que haciendo lo que realmente tenía que hacer. El cielo se descascaraba, el humo se filtraba por el cerrojo de la puerta y de los bordes descuadrados de la ventana. El suelo temblaba con la intensidad de una ciudad quemándose. La botella de pisco rodaba vacía y la cajetilla sonaba con el golpeteo del último cigarro. Me arrastré con las manos juntas como pidiendo perdón hasta que la sentí entre mis dedos. Llevé el cigarro a mis labios. El tabaco haría todo disiparse. Aclarar los humos azules de mi cabeza.

La habitación paró de temblar, pero el espejo aún se tambaleaba. Me acerqué al cofre y arrojé todos los colores, mis últimos óleos contra la tela. Nada cambió. El reía y yo caí de rodillas a un suelo y a un colchón, preso de la derrota.

Risas.

La camisa me asfixiaba.

Risas. Me dijo que no era suficiente.

Me llevé las manos al pecho. Los botones ya no eran botones si no cuchillos que se me enterraban sintiendo cómo se fundían con mi hueso, abriendo paso por mi carne, sacando todo lo que tenía en mi interior. Fue mi corazón, primero, luego mis pulmones y por último mis entrañas. El ardor se transformó en desesperación. Cada patada, cada manotazo desparramaba mi sangre. El espejo cayó y explotó en pedazos y reflejándome en una de sus partes, me pude ver de reojo. Mi nariz, dibujada por la sangre, se había desfigurado. Mi rostro había cambiado y la risa dejó de perforar mis oídos. Tomé el pincel y lo unté en el óleo de mi carne y el retrato enmudeció. Llevé el pincel a mi propio rostro y endurecí mis ángulos y lo aceptó y mi rostro crujió y sanó. Con el paño de aguarrás borré todas mis imperfecciones. Respiré profundo. Tomé un segundo pincel lamiendo los contornos de mis pulmones. Luego hice líneas frescas y delgadas sobre los ojos y mi mirada cambió. Construí unos ojos pequeños. Unos labios rectos. Una frente amplia. Con una brocha contornee cada uno de mis músculos. Alargué las piernas. Dibujé línea tras línea hasta crear una cabellera perfecta.

Ahora recordaba tu voz como un código reestructurando mi mente: varonil, eso fue lo que me hiciste.

Me puse de pie cuando había reunido la totalidad de mi sangre y juntado cada una de mis vísceras. Tomé la brocha y dibujé una salida en la muralla. Los gritos de horror cesaron. El fuego nunca me consumiría.

Esperé en ese rojo noche que hierve afuera de tu ventana, hasta que mi celular vibró. Era el rubio y nos juntamos en el antro de siempre.

Lo miré mientras bailaba, mientras se contoneaba como una llama entre los cuerpos del chico, del barbón y del moreno. Pero siempre venía mi turno

Lo tomé de la cintura y se los arrebaté.

Ni se dieron cuenta.

Tocó mis músculos. Sentí su calor. Su sudor inflamable recorrer mis palmas. Puso su mano en mi entrepierna y yo mi lengua en su garganta. Bebí de su fuego una vez más y mis ojos se quemaron. Pero los colores seguían allí intactos. Lo empujé, pero esta vez no de dolor, sino de cansancio. Me rogó con la mirada que me quedara, pero el chico me dio la mano y nos fuimos de allí. El calor era intenso y me ahogaba. Le dije al chico que debía llegar a mi cuarto y pidió un taxi. Me preguntó si quería compañía pero lo rechacé. Si el rubio era un incendio, el chico no era consciente del daño que hacía.

El taxi se detuvo y creí que llovía.

Me paré sintiendo el agua sobre mi rostro. Miré como los óleos se colaba entre los desagües de la calle. Lloré y mis labios se hincharon y mis ojos se agrandaron como para contener más lágrimas. Mis pómulos se ablandaron y me hice pequeño. Estaba débil como para seguir haciendo esto.

Amanecía. Las cenizas se acumulaban sobre las veredas. El cielo estaba despejado, ya eran las ocho de la mañana y el sol quemaba con la intensidad de una noche de domingo que hierve fuera de tu ventana.