Sudor

Mis dedos se perdieron bajo su camisa. Atrapé su sudor con mi palma y deslicé mi pulgar sobre mis labios. El alto sabía bien. Lo tomé de la cintura y bebí de su garganta. Lo abracé matando el vacío entre nuestros cuerpos y no tuve que agacharme para besarlo. Era alto y cuando uno es grande, pocos son los que pueden alcanzarte.

Llevaba horas en el antro, girando y mirando los cuerpos hacer lo mismo a mi lado. Saboreando su sudor, rozando su piel, gozando cada explosión de sensaciones.  De pronto estaba empapado. Estaba sediento. Estaba hambriento. Mis pupilas se expandieron y por fin mostré mis colmillos. Tomé al alto del cuello y enterré mis labios en su piel. Devoré sus pasiones y todo sabía a nostalgia.

Me detuve solo cuando vi al chico bailando al otro extremo de la pista. Su cuerpo se debatía entre los brazos del moreno y del barbón. Su piel me miraba como exigiéndome que la tomara. Que la hiciera mía. Que bebiera solo de ella y me alimentara. El chico lo era todo y solo con todo podría quedar satisfecho. Gruñí y mi instinto obedeció. Me agarraron del brazo, el alto no quería que me fuera. Acarició cada uno de mis músculos y me pidió que me quedara, que no fuera con ellos,  que me siguiera alimentando sólo de él. Pero él no sabía que para mí, no era suficiente.

Luces rojas y azules, música vibramte. Calor, cigarrillo y una piscola derramada en la camisa. Caminé apartando los cuerpos que bailaban a mi lado. Me aferraban contra la pista e inmóvil vi como nuestros sudores se convertían en uno. Placer fue lo primero que tomé de ellos. Respiré y el chico bailaba entre los brazos de los otros. Tomé cada uno de los cuerpos y me alimenté. Los devoré primero desde sus gargantas, engullí sus carnes, sus vísceras, sus pasiones, su nostalgia y nos hice uno. Podía moverme y los cuerpos se fundieron con el mío y crecí. Mi cabeza estaba sobre la de todos y haciéndome paso entre la multitud, crucé la pista.

El chico no estaba por ninguna parte. El rubio saltó y se aferró a mi cuello, como gritándome que lo consumiera y que no dejara nada de él. Sin pensarlo abrí mis fauces, pero el moreno me detuvo y me entregó una piscola. Al seco, me dijo, y yo agarré el vaso con dos dedos, como con miedo a romperlo y me lo tomé de un trago, pero la sed no se apagaba, por lo menos, no con alcohol. El moreno siempre entendía, apuntó a la gente y me sonrió. El chico se escabullía entre los cuerpos sin siquiera tocarlos. Sin tener conciencia de ellos.

Me desprendí del rubio y hambriento caminé apartando el sudor y los humos de los que bailaban. Su sudor se evaporaba con el calor del incendio que quemaba la ciudad. La nube de pasiones y nostalgias se filtró a mis pulmones y sus manos me acariciaban mis abdominales, mis brazos bronceados y mis piernas gruesas. Sentía su calor, su deseo desatado. Bebí de sus gargantas y el chico no estaba. El barbón apareció tras una puerta y me tomó del mentón y mirándome a los ojos me dijo que me deseaba. Le gruñí al oído, él no sabía que yo los deseaba a todos. Giramos en la pista y vi al chico subiendo por la escalera y perdiéndose en la oscuridad, solté al barbón y lo seguí. El alto y el rubio me tomaron de cada brazo. Me pidieron que no me fuera. Que no los dejara solos. Que consumiera cada una de sus pasiones, cada una de sus nostalgias y los dejara vacíos. Pero yo estaba hambriento. Gruñí y los amenacé con mis colmillos. Si no me soltaban me llevaría más que eso y huyeron perdiéndose entre los cuerpos que giraban. Me levanté sobre la pista y de un paso, llegué hasta la escalera. El antro enmudeció de pronto y los miré a los ojos y subí a la oscuridad. Mis pasos se hicieron sentir.

Abrí la puerta y ésta sonó de dolor. Algo me miraba como si estuviera esperándome y yo llevara horas atrasado. Eso arrastró sus piernas atrofiadas y me ordenó desvestirme. Me inspeccionó cada rincón del cuerpo rozando su piel arrugada contra la mía. Me aprobó con la mirada y me entregó una toalla. La enrollé a mi cintura. Gruñí. Cubría lo suficiente.

Eso me indicó que lo siguiera. De entre sus trapos sacó una linterna e iluminó un pasillo que parecía abandonado. La ceniza se acumulaba como la nieve y mis pasos reabrían un sendero que nadie había transitado antes. Iluminó la puerta al fondo del pasillo. Olfateé el aire. El sudor del chico estaba cerca. Estiré el brazo, eso pegó una carcajada y abrí la puerta.

Penumbra y humedad. Todo estaba impregnado a sudor y secretos. Di un paso para darme cuenta que no estaba solo. Siluetas a contraluz se giraron para verme. Sus ojos solo eran atraídos a la toalla alrededor de mi cintura. Me acerqué. Otros hombres estaban apoyados en pasillos demasiado estrechos como para pasar sin rozarlos. Ninguno se movió. Caminé descalzo por suelos de cerámica y con los dedos de la mano rozaba la superficie caliente de las paredes. Caminé un largo rato sintiendo el vapor convirtiéndose en agua y escuchando los pasos de los hombres que me seguían. No podía ver al chico por ninguna parte, pero mis pies no se detenían. Seguían ciegos por pasillos repletos de cuerpos. Me detuve. Una luz centelleaba y me acerqué salivando. Mi respiración se agitó. Mi corazón se aceleró. El cuarto se iluminaba con el reflejo de un televisor viejo. Nadie le prestaba atención al porno duro de la pantalla. Frente al resplandor había una gran tarima y sobre ella, hombres dormidos y entrelazados. No fui capaz de distinguir dónde empezaba uno y terminaba el otro. Gruñí y me senté.

No sé cuánto tiempo pasó, pero salí de allí removiéndome la saliva de los labios. Me agaché  para esquivar la parte alta de la puerta. El lugar era más pequeño y estrecho. Caminé encorvado por pasillos similares, repleto de cuerpos, que de espaldas hacia la pared, me miraban a los ojos pidiéndome a gritos que me alimentara de su carne. Ellos no sabían que yo no solo tomaba sus cuerpos. Me llevaron por campos antiguos y calles empedradas. Por viñedos y galerías de arte. Sus manos me jalaban hacia otros pasillos. Hacia otros mundos y todos eran iguales. Todos oscuros y todos con hombres apoyados en sus paredes. Me sentaron en una mesa. El mantel blanco se mecía con la brisa. Plato tras plato, de carne, de vísceras, de pasiones, de nostalgias.

Abrí los ojos de golpe. Mi mirada atajó al chico mientras pasaba por mi lado, a penas rozando sus dedos contra el mantel, apenas tomándome atención. Estiré el brazo para detenerlo, pero era como el aire, Me puse de pie y los otros cuerpos se aferraron a mí. El chico se escabullía. Se escabullía entre las toallas, entre la oscuridad, entre el vapor y entre mis dedos. Lo vi doblar una esquina y desapareció.

Lo seguí y obligué a mi cuerpo a moverse. Mi apetito seguía intacto. Gruñí y me apoderé de esos cuerpos que no me dejaban ir. Crecí, corrí y giré en la misma dirección y otra puerta coronaba una escalera. Nuevamente subí.

Abrí la puerta y el vapor era intenso, pero el calor más intenso aún.

Caminé atravesando el aire blanco. Escuchaba el flujo de sangre dentro de venas. Estiré un brazo para palpar la nada. Escuché la puerta abrirse tras de mí y corrí para perder a los que me seguían. Ellos ya no tenían nada que entregarme. Alguien tomó el extremo de mi brazo y se me abalanzó encima. Podía palpar el sabor de su sudor sobre mis labios. Todo escurría y goteaba, y mis pies se hundían en un charco de sudores. Mi cuerpo se alimentaba sin siquiera saberlo y el lugar se hacía cada vez más pequeño.

Gruñí, saboreé al chico cerca y corrí de nuevo. Corrí ciego por este blanco. Y pensé que así podría haber sido el mundo sin él. Un mundo sin acabar. Un mundo en pausa, esperando a ser creado.

Resbalé y caí por una ladera. Mi cuerpo rodó y el que me tenía del brazo, rodó conmigo y lo perdí cuando me detuve.

Sentí la arena bajo mis pies. Saboreé el sudor del chico en el aire y la nada se disipó.

Escuchaba el sonido del mar en sus olas. Me encontraba en una isla de arena caliente. Mi sudor chorreaba por mis brazos, por mi espalda y por mis piernas y sus gotas alimentaban un mar denso. Entrecerré los ojos y vi como otros vagaban buscando un camino con el agua hasta la cintura. Sus miradas estaban perdidas en el fondo, junto a sus pies, como recordando quién los había hecho sudar tanto.

Una luz. Metí mi cuerpo en el mar y caminé hacia ella. Al cabo de un rato vi que un pequeño bote a remos se hacía camino cada vez más rápido hacia la niebla que escondía los límites. El chico iba sentado, despreocupado con los brazos tras su cabeza y su pequeña toalla asegurada a su cintura. Corrí lo más rápido que pude. Pero el sudor era denso y se alejaron hasta ser una luz perdida.

Abrí los brazos y los ojos de los vagabundos se posaron en mi piel y como sanguijuelas lamieron y se alimentaron. Y yo me alimenté de ellos. Crecí y ellos se aferraron a mi cuerpo.

Gruñí y di largas zancadas sobre el mar. Las aguas se agitaron y levanté una tormenta. El agua, el sudor, el calor, los cuerpos. Llovía. Los truenos iluminaban el océano y las serpientes marinas acechaban atentas cualquier cuerpo que se soltara. Mis pasos eran meteoros sobre un mar agitado y  una de mis pisadas abrió el fondo del mar y el sudor se filtró y el océano desapareció y el suelo cedió y caí.

Abrí los ojos y todo estaba oscuro. Sentí una mano resbalar por mi abdomen y detenerse. Sentía el alcohol recorrer mis brazos y piernas. Poco a poco se nublaban mis sentidos. La mano se convirtió en dedos que deslizaban su yema sobre mi piel. Buscando. Descubriendo. Me puse de pie y abrí los ojos. Todo estaba oscuro. Entonces caminé a ciegas, eso me seguía. Sus dedos exploraban mi cuerpo y fui consciente de lo grande que era. Los dedos se convirtieron en brazos que trepaban mis propias piernas. Manos y dientes que se aferraban por miedo a caer y perderse en la noche. El placer se convirtió en lamento. Ya no quedaba nada de pasión, solo nostalgia. Su sudor eran lágrimas y ya no pude más. Ya no quise sentirlos, ni escuchar su lamento y quise huir, pero ellos ya eran parte de mí. Y cerré los ojos sobre la oscuridad y sentí cómo mi piel se invertía. Cómo mi rostro se volvía hacia un interior y mis brazos buscaban asilo dentro de mis vísceras.

Abrí los ojos y mi pie se hundió en un suelo palpitante. Algo gimió con mi tacto y se estremeció con mi calor. Sabía a sangre y a sudor. Podía ver el rojo de la carne y sus rostros que satisfechos de mí, querían soltarse y volver, pero mi piel los fundía y devoraba. Camine lento y me deslicé entre órganos y secreciones. Mi cuerpo se disolvía para volver a ser parte del todo, pero el todo era el chico y él no se encontraba allí. Sin él, el todo no tenía sentido y traté de huir, de salir de mis cuerpo. De rechazar mis necesidades, mis anhelos y mis pasiones. Ya era pura nostalgia.

Mi palma se hundió en la carne y se aferró a una puerta. La abrí y el cuerpo quedó atrás, junto con sus sudores y secretos.

Una luz titilaba débil en un pasillo de paredes empapeladas. Cientos de puertas doradas. De recámaras de príncipes y poetas. Podía saborear al chico en una de ellas. Gruñí y me arrepentí. Suspiré. Sabía en cual estaría. Podía distinguir su sabor. Mis colmillos se escondieron y caminé completamente erguido por el pasillo de puertas doradas. Las puertas se abrieron llena de deseos. Llena de pasiones. Sus brazos me retuvieron. La última puerta era mi puerta. Gruñí y los brazos me aferraron aún más fuerte. Saqué mis colmillos para ahuyentarlos, pero tomaron mi piel y se adosaron a ella. Los príncipes y poetas bebieron de mi. Me sentaron en la mesa de mantel blanco y los devoré hasta que no quedó nadie que me hiciera frente.

Gruñí. El chico se alejaba.

Me hice paso por el pasillo. Era estrecho y mientras me acercaba a la última puerta, se contraía como para asfixiarme, para dejarme allí atrapado. Pero rugí y la última puerta se abrió.

El viento me pegó en la cara y la toalla se deslizó pasillo abajo. El calor quemó mi cuerpo y los cuerpos de príncipes y poetas se quemaron y cayeron como una montaña que se derrumba. Caminé unos pasos entre mis escombros. Y el chico estaba de pie en el borde de la torre. La luna se reflejaba en su piel blanca. Se dio media vuelta y nuestras miradas estaban a la misma altura. Estiré el brazo y el chico no se movió. Su piel se escabulló entre mis dedos, y el chico no se movió. Lo abracé y el chico no se movió. Gruñí y el chico no se movió. Mostré mis colmillos y el chico no se movió. Toqué su piel y el chico no se movió. Su piel se evaporó y el chico no se movió. Lo besé y el chico no se movió. Le grité por su nombre y el chico no se movió. Le dije que lo deseaba y el chico no se movió. No le dije nada y el chico no se movió.

Me senté al borde de la torre sintiendo el calor de una ciudad que se quema y el chico suspiró y se sentó a mi lado sin prestarme atención.

Óleos

Me tomó del mentón para rozar mis labios contra los suyos. Bebí de su fuego y sentí su ardor recorrer mis venas. Lo miré, el rubio posó su incendio en mis ojos y todo fue gris ceniza. Lo empujé y el barbón lo empujó y el chico lo contuvo entre sus brazos. El antro ardía. Las luces se apagaron de pronto y yo salí de allí, con la piel impregnada a tu olor y las manos cubiertas con lubricante.

Todo era gris y las luces eran sombras en mis  ojos. Pestañee para apartar la ceniza de mi rostro. Bebí un trago de pisco. Sentí el líquido abriéndose paso por mi tráquea y quemar mi estómago vacío. Salí de allí para respirar un aire denso de domingo, cargado de humo, asfalto y cenizas.

Llegué arrastrándome a mi cuarto, olvidé la puerta, aparté el espejo hacia un lado, me clavé en la cama y no salí más.

Desperté con la luz de la tarde. Los grises eran más claros ese día. No recordaba cómo había llegado, pero no tenía importancia, todos los días eran iguales. Me di media vuelta, mirando la pared, enfocado en uno de los cuadros que colgaban alrededor. Recordaba que era celeste mar agitado e isla blanca que resalta en una tormenta de nubes vaporosas, pero solo veía el gris entre grises. Hundí la cabeza bajo mis brazos y me dormí.

Pasaba más horas sobre un pequeño colchón en una esquina oscura del cuarto que haciendo lo que realmente debía hacer. Me lamentaba por un dolor que aún quemaba. Y cuando me era insoportable bebía un trago de pisco.

Estiré el brazo buscando la botella, pero se perdió y tropezando con el caos encontré un cofre lleno de óleos de colores. No grises de diferentes tonalidades, sino colores, como los que recordaba de mis cuadros colgados en la pared. Las saqué una a una y las ordené en el suelo cerca del espejo. Tomé una de mis sábanas y la clavé a un bastidor de madera hecha con tablas. Tenía el tamaño de mi cuerpo y tras contemplarla durante horas, maté la tela.

Pasó un tiempo antes de decidirme. Los óleos eran los únicos colores que me quedaban.

No recuerdo el día en que me atreví a tomar la brocha, y tras horas confeccionando el color preciso, la hundí en un óleo naranjo tigre, cuando ruges mi nombre, te penetro y arqueas tu espalda, y mirando el espejo le di forma a mis rasgos.

Cuando no sabía de ti, soltaba la brocha y esos eran días en donde no hacía nada. Todo hedía a aguarrás y el sol no alcanzaba a iluminar los grises del cuarto. Catatónico recordaba el incendio como un sueño inconcluso, recorría la casa de infancia en donde vivían todas mis pesadillas. Sabía que se acercaba el fuego, pero en el centro de la habitación aún estaba la tela junto al espejo y yo me miraba, como diciéndome que no podía escapar si no lo terminaba. Y tenía razón.

Me puse de pie y al otro lado de la ventana, caía ceniza como nieve gruesa y el retrato con un solo ojo a medio acabar susurraba que tomara la brocha, que hacía calor y que prendiera un cigarrillo.

El humo azul adentro. El fuego rojo afuera.

Oía los gritos que me suplicaban que huyera, que dejara todo a la suerte, que se consumiera y rescatara solo los restos. ¿Acaso todos eran unos estúpidos,  no se daban cuenta que yo, simplemente, no podía escapar?

Caí sobre el colchón y el retrato se reía con sus labios gruesos, inflando su nariz redonda y entrecerrando esos enormes ojos de pestañas crespas. Me llevé la mano a la cara y pareciera que fuera un golpe y desperté. No estaba dormido, pero desperté. El retrato era mi viva imagen.

Me arrastré del colchón hasta el bastidor. Tomé el último sorbo de pisco y me puse de pie. La habitación giraba y yo era el centro y el retrato era el centro. Sus ojos eran mis ojos. Su boca ancha, sus orejas grandes, su nariz redonda, su cara lampiña, su imperfección. Me sonrió y yo lo escupí de vuelta. Le grité que yo no era así. Que yo no me convertiría en lo que él deseara. El rió. Tomé el pincel y lo sumergí en el óleo del color de la furia cuando se explota. Tache el lienzo de extremo a extremo, como si lo rajara, como si con ese gesto quisiera asesinarme. Pero seguía allí. Riendo. Mirando esos ojos de nunca serás más que esto.

Retrocedí. Mis tobillos rozaron el colchón en el suelo y me desplome, pasaba más tiempo sobre el colchón que haciendo lo que realmente tenía que hacer. El cielo se descascaraba, el humo se filtraba por el cerrojo de la puerta y de los bordes descuadrados de la ventana. El suelo temblaba con la intensidad de una ciudad quemándose. La botella de pisco rodaba vacía y la cajetilla sonaba con el golpeteo del último cigarro. Me arrastré con las manos juntas como pidiendo perdón hasta que la sentí entre mis dedos. Llevé el cigarro a mis labios. El tabaco haría todo disiparse. Aclarar los humos azules de mi cabeza.

La habitación paró de temblar, pero el espejo aún se tambaleaba. Me acerqué al cofre y arrojé todos los colores, mis últimos óleos contra la tela. Nada cambió. El reía y yo caí de rodillas a un suelo y a un colchón, preso de la derrota.

Risas.

La camisa me asfixiaba.

Risas. Me dijo que no era suficiente.

Me llevé las manos al pecho. Los botones ya no eran botones si no cuchillos que se me enterraban sintiendo cómo se fundían con mi hueso, abriendo paso por mi carne, sacando todo lo que tenía en mi interior. Fue mi corazón, primero, luego mis pulmones y por último mis entrañas. El ardor se transformó en desesperación. Cada patada, cada manotazo desparramaba mi sangre. El espejo cayó y explotó en pedazos y reflejándome en una de sus partes, me pude ver de reojo. Mi nariz, dibujada por la sangre, se había desfigurado. Mi rostro había cambiado y la risa dejó de perforar mis oídos. Tomé el pincel y lo unté en el óleo de mi carne y el retrato enmudeció. Llevé el pincel a mi propio rostro y endurecí mis ángulos y lo aceptó y mi rostro crujió y sanó. Con el paño de aguarrás borré todas mis imperfecciones. Respiré profundo. Tomé un segundo pincel lamiendo los contornos de mis pulmones. Luego hice líneas frescas y delgadas sobre los ojos y mi mirada cambió. Construí unos ojos pequeños. Unos labios rectos. Una frente amplia. Con una brocha contornee cada uno de mis músculos. Alargué las piernas. Dibujé línea tras línea hasta crear una cabellera perfecta.

Ahora recordaba tu voz como un código reestructurando mi mente: varonil, eso fue lo que me hiciste.

Me puse de pie cuando había reunido la totalidad de mi sangre y juntado cada una de mis vísceras. Tomé la brocha y dibujé una salida en la muralla. Los gritos de horror cesaron. El fuego nunca me consumiría.

Esperé en ese rojo noche que hierve afuera de tu ventana, hasta que mi celular vibró. Era el rubio y nos juntamos en el antro de siempre.

Lo miré mientras bailaba, mientras se contoneaba como una llama entre los cuerpos del chico, del barbón y del moreno. Pero siempre venía mi turno

Lo tomé de la cintura y se los arrebaté.

Ni se dieron cuenta.

Tocó mis músculos. Sentí su calor. Su sudor inflamable recorrer mis palmas. Puso su mano en mi entrepierna y yo mi lengua en su garganta. Bebí de su fuego una vez más y mis ojos se quemaron. Pero los colores seguían allí intactos. Lo empujé, pero esta vez no de dolor, sino de cansancio. Me rogó con la mirada que me quedara, pero el chico me dio la mano y nos fuimos de allí. El calor era intenso y me ahogaba. Le dije al chico que debía llegar a mi cuarto y pidió un taxi. Me preguntó si quería compañía pero lo rechacé. Si el rubio era un incendio, el chico no era consciente del daño que hacía.

El taxi se detuvo y creí que llovía.

Me paré sintiendo el agua sobre mi rostro. Miré como los óleos se colaba entre los desagües de la calle. Lloré y mis labios se hincharon y mis ojos se agrandaron como para contener más lágrimas. Mis pómulos se ablandaron y me hice pequeño. Estaba débil como para seguir haciendo esto.

Amanecía. Las cenizas se acumulaban sobre las veredas. El cielo estaba despejado, ya eran las ocho de la mañana y el sol quemaba con la intensidad de una noche de domingo que hierve fuera de tu ventana.

Humo

El rubio miraba el suelo con los dedos entrelazados, sentado en el mismo sofá donde lo había follado tantas veces. Ya sabía lo que me diría, pero lo dijo igual. Le permití que lo procesara. A lo mejor al escucharse se diera cuenta lo estúpidas de sus palabras. Me miró haciendo el papel de víctima, lo había visto tantas veces antes. No me inmuté y lo soltó todo. Me dijo que no toleraba mi silencio, ni mi mirada aburrida. Me acusó de ignorar a sus amigos y de tratar con indiferencia a su familia, y en ese punto tenía razón. Él simplemente no entendía que ya no me interesaba nadie, excepto él.

Me vi en la puerta de su departamento dispuesto a marcharme. El llorando con la cara colorada. Yo viendo a alguien que ya no reconocía. Ya me había marchado y lo había dejado hablando solo. Pero eso no ocurría hasta dentro de un momento.

Su acusación prosiguió.

Al ver que yo no reaccionaba, que yo no le gritaba de vuelta y que solo lo miraba fijamente, tal vez con la misma cara aburrida que él tanto odiaba, se puso de pie y descargó su mierda contra mi.  Me acusó de sumergirme en temas banales y básicos para evadir la realidad, de transformar cualquier estupidez en un tema digno de estudio, pero que al final del día seguía siendo sólo una estúpida cantante de moda.

¿Me tenía que ofender con lo que me estaba diciendo?

Se quedó callado buscando nuevas armas con las cuales herirme. Yo sabía lo que me diría y él  supo que me haría daño. A pesar que nunca me equivocaba, quise con todo mi corazón que esta vez si lo hiciera. Quería que no abriera la boca.  Le di la oportunidad de callarse. Pero lo dijo de todas formas.

Llorando me dijo que yo no lo amaba. Que me había convertido en la causa de todas sus inseguridades. Que la forma limpia y acertada de cómo lanzaba mis argumentos, a él le llegaban con la frialdad de un cuchillo que le cercenaba poco a poco la autoestima.

Por fin había llegado el momento de ponerme de pie. De irme.

Me gritó que él ya no quería estar conmigo, que yo era un estúpido emocional, un ignorante sentimental. Me dijo que a pesar de ser tan inteligente, nunca iba a saber lo disminuído que podía sentirse él en mi presencia.

Se cayó un largo rato y yo me quedé congelado con la mano en la cerradura. Lo vi a los ojos buscando la última gota de arrepentimiento. Pero solo encontré lo mismo que ya había vivido tantas veces antes. Abrí la puerta y me dijo la última frase que había decidido no escuchar: son pocos lo que resisten tu inteligencia y son menos los que deciden tolerarla. Si sigues mirando hacia abajo, nunca verás al que te vea de frente.

Pero él no sabía que yo lo veía todo.

Abrí los ojos y busqué entre mis bolsillos un cigarro. Tercera vez que vivía la misma escena. Que revivía el dolor de algo que no había sucedido aún. El alcohol se resbaló por mi garganta y la vibración de la música relajó cada músculo de mi cuerpo. El antro y su humo negro impregnando mi piel, era lo único que me liberaba del futuro. Bailé y caí en el sopor del alcohol.

Ven a acostarte. Me despertó con el susurro de su voz. Me había quedado dormido en el sofá mientras revisaba las fotos de la noche en el celular. Estaba muy ebrio y desorientado para reaccionar tan rápido como él quería. Era su departamento y mi cuerpo no sabía qué hacer sin que mi cabeza se lo ordenara. El humo negro del cigarrillo sobre el cenicero me advirtió que llevaba segundos dormido.  

Me senté en el sofá hasta abrir los ojos. Podía ver la silueta desnuda del rubio siendo bañada por los tintes grafitos de la noche. Se dio media vuelta obsequiando cada músculo de su espalda y bajé la vista hasta un culo perfecto que tan bien conocía. Sonreí. Se perdió en la noche de su habitación y yo lo seguí ciego.

Lo besé mientras mi mano descendía por su espalda. Su espalda no era su espalda, si no el brazo desnudo de la noche. Mis ojos ciegos vieron ali rubio, siendo devorado por el moreno. El estaba desnudo sobre la cama, perdido entre las sombras como volúmenes de oscuridad y recordé que no habíamos llegado solos. El humo negro del cigarrillo me envolvía. Me apoyé en el marco y vi como se besaban, como se lamían la piel, como se penetraban. Sentí un extraño placer de solo verlos. Eran dos hombres hermosos tratando se ser uno. Me invitaron con sus miradas y sentado a su lado, mi rubio fue el primero en besarme. Luego el moreno me tomó del mentón y me introdujo su lengua hasta la garganta. Me atraganté y me soltó mirándome a los ojos, como diciéndome que el rubio le pertenecía a él y no a mi y lo embistió una vez más y gimió. Suspiré el humo negro y cerré los ojos. De igual forma estaba demasiado borracho para cualquier cosa que estuviera pasando a mi lado.

Nos habíamos convencido de que todo iba bien. Que esto podría funcionar. Amar entre tres. ¡Que locura! ¿Cómo vas a amar a más de uno?, cuando ni siquiera puedes amarte a ti mismo. Nada iba bien en realidad, esto del poliamor no funcionaba. Me moría por dentro cuando lo veía tocarlo, acariciarlo, besarlo. El moreno se había convertido en el otro por el que el rubio quería dejarme. Pero yo era demasiado obstinado como para reconocerlo.

El rubio, luego de una racha de malos meses y discusiones absurdas, me convenció de que abriéramos nuestra relación, que era la forma más sana para recuperar lo nuestro y yo acepté, de todas formas sabía como esto iba a terminar. Tras un sin número de perfiles de Grindr y tríos desastrosos apareció el moreno. Al principio fue solo un follón como tantos que habíamos tenido. Pero yo vi hacia donde todo se encaminaba, y no hice nada para detenerlo, si no por el contrario, fui cómplice. Él me encontraba atractivo y fingí de que yo también a él, pero ellos se enamoraron. A los meses hacíamos todo los tres, cenar, ir al cine, dormir. Ya no era solo sexo. Compartíamos una vida. Pero poco a poco veía como ellos se volvían una pareja y yo sólo un estorbo.

Podía ver lo que pensaban. Discutían horas en silencio, sobre cómo deshacerse de mí. Sabía que querían estar solos. Podía verlos, haciendo una vida, envejeciendo juntos, muriendo uno al lado del otro. Pero esto no iba a quedar así. Haría que me desearan, que me amaran, que se desesperaran con tal de poseerme. Y lo lograría.

El moreno siempre estaba. Lo veía atravesar la puerta para sólo volver al minuto y el rubio llevaba días preocupado por el incendio que quemaba la ciudad. Balbuceaba con entregarse a la policía. Con confesar que él lo había provocado. Pero lo callé de un beso. Le dije que si lo hacía se lo llevarían lejos. Que nunca más me vería y que ya no había nada que hacer. Que la gente debía aprender a vivir en esta nueva era. Se calmó y me besó de vuelta y el moreno nos miraba con esos ojos de celos, de posesión, de querer ser él el centro de ese beso y yo lo sabía. Se acercó para acariciarme la espalda y yo lo detuve. El moreno era un hombre simple. Quería lo que no podía tener y tras días de solo tener al rubio para divertirse, se aburrió.

Salíamos a comer, al cine y a bailar. Y fui sutil. Sabía que decir. Sabía cómo iba a reaccionar a cada roce, a cada palabra, a cada gesto. Lo sumergía en conversaciones que no le interesaban y como era estúpido pocas veces podía dar una opinión interesante sobre cualquier tema irrelevante que estuviéramos discutiendo en la mesa y cada día, el tema era más difícil, y más difícil, hasta que el moreno no pudo conversar. Y se aburrió. Y se aburrió del sexo, de las conversaciones y de nosotros.

El rubio estaba más calmado y lo convencí de salir, de dejar el departamento y todas esas paredes y todas esas pasiones y fuimos a bailar. Fuimos todos y el moreno estaba aburrido.

Ilu se llamaba el antro. Saqué un cigarro, pero mis músculos no se relajaron y ni mi piel impregnada en humo negro fue suficiente para detenerlo. El futuro me golpeó de frente. Me abrió los ojos con sus ambas manos y con la fuerza de una tenaza me arrancó de mi presente. Me arrastró hacia lo incierto y me dejó allí desnudo. Luego me tomó entre sus palmas y me lo explicó todo. Me dijo lo que sucedería y como sucedería y a quienes le sucedería. Y allí estábamos todos. No solo el moreno, el rubio y yo. Si no que todos.

Mi venganza ya no tenía sentido. Tomé de la mano a un chico que bailaba junto a un grande. El rubio lo miró de reojo, y me dio la impresión de que no era primera vez que se veían, al parecer el incendio nos había tocado a todos. Había pasión entre sus miradas, pero el chico no iba a permitir que eso lo afectara, o por lo menos no sus gárgolas. Todas las puertas del antro se cerraron al mismo tiempo y el moreno no pudo entrar y se quedó atrás. Bailamos y nuestros cuerpos se entrelazaron, no al ritmo de la música, si no al ritmo del destino. Allí supe que éramos ocho los unidos por el incendio y por más que quisiera deshacerme del moreno, no lo lograría. Tomé al chico de la cintura y se lo arrebaté al rubio. Las puertas del antro se abrieron y el moreno entró nervioso, como si lo persiguieran. El rubio se colgó de su cuello y metió sus dientes dentro de su boca. El moreno parecía no estar, pero no me importó. Di media vuelta al chico, agarré su culo y bailamos y tomamos alcohol. Éramos ocho en ese antro. Éramos todos.  

El moreno me despertó. Me dijo que el rubio quería hablar conmigo, que estaba en el comedor, sentado, con los dedos entrecruzados. Me paré, me vestí y prendí un cigarro. Total, ya sabía lo que vendría y ni el rubio ni el moreno, iban a poder separarnos.

Puertas

No podría decir cuándo comenzó esta obsesión, pero ocupaba la mayor parte de mi tiempo en vigilar una puerta entreabierta. Hace menos de un año, me había mudado al centro, a un edificio a medio traer que se erguía a duras penas al fondo de un pasaje sin salida. El departamento era de esos franceses, con suelos de parquet y doble altura. Tenía un vestíbulo principal y en sus paredes, puertas de madera robusta. Cada puerta tenía un aroma distinto, y una de todas ellas siempre estaba entreabierta.

Arrastré un escritorio macizo, haciendo sonar al suelo con el roce. Tomé una silla plegable, y la puse frente a la puerta para vigilarla.

La mayor parte del tiempo era aburrido, solo se azotaba delicadamente con la brisa del campo. Otras veces las hojas secas se colaban dentro junto a los ladridos de un perro que me despertaban de siestas que no me acordaba que había tomado. A veces el perro olfateaba la puerta y yo me quedaba en silencio, temiendo que entrara, pero al rato se iba y yo le preguntaba a dónde vas, y él se quedaba y con el tiempo Adóndevas me venía a visitar pero nunca entraba.

Hoy era de esos días en donde Adóndevas me acompañaba desde el otro lado de la puerta. Sentía su respiración y su olor a matas de frutillas. Abrí uno de los cajones del escritorio y saqué una pequeño estuche anaranjado. Luego del mismo cajón, una hoja blanca y la doblé en cuatro.

Habían pocos días donde el viento abría la puerta entreabierta y la brisa se colaba por todo el departamento. Se colaba junto al campo recién arado y a vaca recién ordeñada. Junto a la colecta de toda una jornada de uva, a chicha exprimida y vino en la mesa con mantel blanco. En esos días me paraba de la silla y caminaba hasta el borde de la puerta. Me ponía de puntillas y entrecerraba los ojos, para ver un lago de aguas calmas con un pequeño muelle y sentado en su extremo, con los pies rozando el agua: un joven con sombrero de paja. Ese joven con sombrero de paja, nunca se volteaba, nunca se cansaba de estar sentado en ese muelle, solo estaba allí rozando sus pies con el agua. Deseaba sentarme a su lado y preguntarle qué tanto con ese lago, pero lo olvidaba rápidamente y pasaba el día contemplando la pradera de pasto y sus flores amarillas, las casas de un solo piso dispersadas entre lomas ondulantes, y a su gente que arreaba vacas para sacarle la leche y cuando mis ojos volvían  al muelle, el joven con sombrero de paja aún seguía sentado con los pies rozando el agua. Pero la noche llegaba y el viento hacía el gesto de cerrar la puerta, pero nunca lo hacía del todo. Siempre dejaba una rendija para que se colaran las hojas y los ladridos y la puerta siempre quedaba entreabierta.

Abrí delicadamente el cierre del estuche con la calma de alguien que espera. En cualquier momento Adóndevas vendría a contarme donde había jugado y cuantas liebres había cazado. Saqué un poco de yerba de una bolsita plástica y la trituré con los dedos sobre la hoja doblada en cuatro, apartando la parte leñosa de la flor y sus hojas. Escuché lo pasos de alguien removiendo las piedras al otro lado de la puerta y su sombra proyectándose contra la luz leve de la luna. Olía a damasco chorreando por la garganta y a bloqueador en una tarde de piscina desnudos bajo el atardecer, a sudor de una mañana de sexo, a cansancio de un partido de fútbol y a rodillas peladas, a tardes enteras viendo televisión entre los pliegues de las sábanas y a té de invierno calentando nuestras manos. Pero a veces todos los olores desaparecían y sólo olía a lluvia. Y ese último olor lo atrapé dentro de mi estuche naranjo y lo guardé junto a mis yerbas.

Saqué el moledor y junto a otras lluvias, hice polvo un poco de yerba. Lo rocié, enrolé y suspiré humo azul cargado de nubes negras y la puerta seguía entreabierta. Miré alrededor. Las paredes eran blancas, todas cerradas, todas de madera, pero solo una entreabierta.

Me levanté de la silla plegable y deslicé el escritorio hacia un costado. Suspiré humo azul y abrí la puerta a mi derecha. Era una habitación que no reconocía, pero olía a culpa, a sexo y desengaño. Entré de puntillas y miré por la ventana para ver un país extranjero. Los edificios encausaban una calle empedrada y la gente, abrigada como para un invierno agresivo, caminaba entumecida. Un sonido en el baño hizo que me apurara, yo no debía saber que estaba allí. Levanté una de sus camisas, y olía a sexo, culpa y desengaño. Me cambié allí, me puse la camisa y un pantalón ajustado, en alguna parte recién la noche comenzaba y cerré la puerta. La habitación volvía a ser blanca y entre las puertas de madera aún estaba esa entreabierta, colándose las lluvias y las hojas y los ladridos.

Me senté en la silla y el viento abrió la puerta. Era de noche en el campo, y el joven con sombrero de paja seguía allí rozando sus pies contra el agua. Me sorprendí, nunca la puerta se abría tan seguido. Me asomé y le grité. El joven con sombrero de paja no me escuchó. Le grité con fuerza y le hice señas con las manos. Nada. Debí correr hacia él. Debí preguntarle por qué se sentaba rozando sus pies con el agua, pero la puerta se entrecerró en mi cara y me aparté.

Decepcionado me apoyé en otra puerta. Esta vibraba con la fuerza de la música. Me recordó el sabor del alcohol y el efecto de mis yerbas y supe que detrás de ella la noche recién comenzaba. Me arreglé el cabello y la barba y comprobé si llevaba condones en el bolsillo. Abrí la puerta y sentí la música golpearme como una ola.

Salí desde una de las cabinas de baño mientras una chica se jalaba una línea frente al espejo. Las luces pintaban todo de azules eléctricos y rojos sangre. Crucé y cerré la puerta tras de mi.

Reconocí a mis amigos apenas llegué a la pista. Bailaban en trance. Como si estuvieran solos. Ignorando a cualquiera que se atreviera a acercarse. Nos abrazamos, besamos y bailamos.

Las vueltas del baile me llevaron a la cama de dos hombres. Uno me besaba el cuello y el otro me desabrochaba el pantalón. Se turnaban para introducirme sus dientes en mi boca. Me llevaron por puertas que no eran mis puertas y me lanzaron sobre una cama dejando su puerta abierta. Me sumergía en sus besos, babas y sudor. Me dejé llevar por sus miembros sobándose en mi pierna y espalda, por sus olores impregnándose en mi piel y por sus barbas recorriendo mi cuerpo como pequeñas descargas eléctricas. Su puerta estaba abierta y mis ojos estaban abiertos y los de ellos estaban cerrados. Al otro lado de la puerta estaba mi vestíbulo con todas sus puertas y la puerta de madera entreabierta. Los aparté de mi piel, de mi sudor y atravesé su puerta y la cerré tras de mi.

Estaba solo, de vuelta en mi vestíbulo.

Busqué entre los cajones desesperado el estuche naranja. Lo abrí y saqué un poco de yerba cargada de lluvias. La puerta entreabierta se abrió de nuevo y el joven con sombrero de paja se encontraba allí, de espaldas con sus pies rozando el agua. Suspiré humo azul y lo llamé a gritos y desesperación desde el marco de la puerta. Y se volteó.

Retrocedí. No se si de susto o de vergüenza, pero retrocedí hasta sentarme en la silla plegable. El joven con sombrero de paja, me miraba a lo lejos mientras acariciaba a Adóndevas y tocaron la puerta a mi espalda. Me volteé exaltado. Era una nueva puerta y a diferencia de todas las demás era de metal. Me acerqué lentamente mientras escuchaba los nudillos estrellarse contra el metal. Quién es, pregunté, pero nadie contestó, sólo el nudillo y el metal. Me devolví a la puerta entreabierta y el hombre con sombrero de paja venía caminando hacia mi dirección. Nudillo y metal nuevamente. Abrí lentamente la cerradura de la puerta de metal. Una mano se filtró desde el exterior y tranqué la puerta con fuerza. Qué quieres, le grité. Me di vuelta y la aseguré haciendo fuerza con mi espalda. Podía ver al joven con sombrero de paja más cerca, más moreno y más barbón de lo que me imaginaba, y sentí que lo conocía, que  muy en mi interior sabía quién era. Primero los nudillos y luego el hombro contra el metal. Me botó al suelo y él entró escandalosamente.

Mis ojos se cruzaron con la del joven de sombrero de paja y supe quién era y mi corazón supo quién era y mi piel supo quién era y pareciera como si mi cerebro hubiera sido el último en darse cuenta. Luego el hombre de la puerta de metal pasó frente mío con la mirada perdida. Era yo. Me miré a la cara y me devolví la mirada. Me vi patético en el suelo y me di rabia. Yo iba a acabar con todo esto, pero me rogué que me detuviera, que por ningún motivo estaba listo. No me escuché. Esto había llegado demasiado lejos. Saqué la llave de mi bolsillo, suspiré humo azul y cerré la puerta.

Perdido

PASIVO CON LUGAR BUSCA A MACHO MORBOSO. Volví a leer su perfil antes de bloquearlo. Me asqueaba la forma tan liviana en que estos maricones buscaban sexo después de todo lo que estaba pasando. El VIH había vuelto a ser cosa seria. Pero ese era su rollo, no el mío.

Yo, en cambio usaba Grindr sólo para mirar, estaba ahí por diversión. Mi dedo arrastró un sin fin de rostros: argentinos de paso, travestis de closet, activos piolas y pasivos aperrados. Ese era un mundo del cual no quería ser parte. Prefería conocer a la vieja escuela, cara a cara y sin tantas complicaciones.

El incendio se hacía sentir en el aire, pero mientras más me acercaba al antro, el olor se difuminaba entre el cigarrillo, el popper y la marihuana. La casona era antigua, de esas construcciones que uno sabe que son viejas por las gárgolas que, entre burlas y gestos, eran testigos de cada transacción nocturna a sus pies: principalmente coca y sexo. La música partió mala, pero curado todo daba lo mismo. A la cuarta piscola, me abrí paso hasta el baño. Los mismos colas de siempre se cruzaban lanzándome una sonrisa lasciva, un rose  provocativo o un beso cuneteado, como si no se dieran cuenta que esa misma actitud era la que nos estaba matando. Meé sosteniendo la puerta y haciendo malabares con el vaso. El suelo recién se me estaba dando vuelta y aún quedaba mucha noche por delante. Me sumergí en la pista y el alto y el colorín estaban en un costado, apretados, sudados, drogados. Les sonreí. Me gritaron de vuelta, pero la música estaba fuerte. No sé si era el caño, el alcohol o una mezcla de ambas, pero todo en ese momento se detuvo. Como si el mundo me hubiera dado segundos extras para comprender lo que pasaba. Los estampados de las poleras y los vestidos me hacían señas, las luces de la pista iluminaron su cara antes de que lo reconociera y estoy seguro que la misma música configuró sus acordes para advertirme. Pero no estuve a la altura. Una mano me tocó el hombro, enfoqué la vista y frente a mí estaba el rubio: magnífico, espléndido y radiante.

Por qué mierda iba a estar él en este antro. Desde cuándo carreteaba en discos de mala muerte. Por qué había roto nuestro pacto implícito. Cada uno se quedaba en su mundo. Lejos. Apartados, como debía ser.

Me saludó con un abrazo perfecto. El calor de su cuerpo reemplazó el alcohol en mi sangre y me embriagué de él, su sonrisa liberó recuerdos guardados bajo amenaza y luego, desapareció llevándose con él un colorín que arrastraba guiándolo de la mano. Me dejó allí, deshecho. El tiempo volvió a transcurrir con normalidad. Los cuerpos a mi lado me apretaban y el alto y el colorín me miraban expectantes. Una bola de furia se formó en mi garganta y sentí el sabor de los celos secretándose desde el fondo de mi estómago. ¡Ese maricón ya estaba con alguien!

Me tomé la última piscola al seco para no vomitar. Salí del antro y me detuve en la puerta. Miré al cielo y ahí estaba la gárgola. Me miraba de la forma que alguien mira a un desahuciado, sintiendo lástima por mí. La maldije en silencio y huí de allí y caminé a casa para despejarme. Eran solo diez cuadras.  

La noche estaba caliente y el olor a incendio sofocante. La ciudad se quemaba, pero ese no era mi problema. Saqué el celular y fui directo a Grindr. Debía dejar atrás las amarras conservadoras, debía dejar atrás los incendios.

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Levanté la vista. Frente a mí una figura se refugiaba con la oscuridad de la noche. Me acerqué, y mi alivio fue grande al darme cuenta que era otra de esas gárgolas. Era alta y robusta, tanto humano como bestial y de su frente dos cuernos de carnero se enrollaban para apuntar al cielo, dos alas replegadas cubrían su cuerpo como una capa y sus piernas terminaban en tres dedos afilados.  No recordaba haberla visto antes. Me acerqué y puse mi mano sobre su pecho. Estaba fría. Muerta. Lo miré a los ojos y me miraba como si me conociera.

El sonido de un mensaje me clavó nuevamente en el celular y salí de allí.

DIEGO28 me hablaba, me dijo que me había visto bailando, que me encontraba atractivo y si quería ir a su casa. Revisé su foto de perfil. No era feo. Le dije que sí y me mandó su ubicación. No eran más de siete cuadras.

La ceniza caía como lluvia. En algún punto de la ciudad el incendio se había vuelto incontrolable. El humo ya era visible y caminé tapándome la boca y la nariz. Un carro bomba pasó por mi lado, con el alarido de la urgencia y se perdió entre las calles laberínticas del barrio. Silencio. Luego las luces se fueron a negro. La calle estaba completamente a oscuras. Solo los focos de los autos daban pistas de la ruta. Debí irme directo a mi departamento, pero si no lo hacía hoy, no lo iba a hacer nunca. Iluminé el suelo con mi celular. Todo era negro, humo y cenizas. Podía ver solo formas y siluetas. De pronto volví a escuchar los carros bombas a la distancia. Di mi primer paso, cuando un cuerpo cayó desde el edificio y se golpeó contra la acera, quedando allí de pie. No voy a mentir: Sentí pánico. Le pregunté si estaba bien. Si necesitaba ayuda. Pero no me contestó. Me armé de valor y me acerqué. Cuando estuve a unos cuantos metros, me di cuenta que era otra de esas gárgolas. Se había soltado de sus amarras y caído de alguno de los techos. ¡Podría haberme matado! Pero nada me iba a detener a esas alturas.

Estaba cerca cuando el celular murió.  No me hubiera importado tanto, si recordara la dirección con precisión. Ahora iba a tener que improvisar. Caminé a oscuras por una ciudad que no conocía tan bien como debería. La luz de una vitrina se prendió de pronto. Me acerqué esperando que aquel gesto me protegiera de la oscuridad y el caos de toda esa noche. Me quedé contemplándola: artículos ecuestres. Me demoré un rato en las monturas que podría llevar su caballo, o las riendas azules que tanto le gustaban. Había llegado suplemento alimenticio para su caballo y mantas para abrigarlo luego de las carreras. Me detuve. Qué estaba pensando. Me despegué de la vitrina y seguí caminando. La luz se apagó y otra se iluminó. Me acerqué lentamente. Una tienda de dulces surtidos. Dulces ácidos a montón. En oferta. Sus favoritos. El mundo me estaba jugando una broma. Le pegué al vidrio con rabia y la luz se apagó. Suspiré. Debería irme a casa. Nada bueno puede salir de todo esto. Otra vitrina se iluminó. Una pantalla de televisor de 70’’ daba la película de Rocky Horror Picture Show, lanzada el 74’. Un musical de un travesti del espacio exterior, me quedé viéndola por un rato. Libre y provocadora. Su película favorita. La vi desde el principio, cuando una pareja recién comprometida decide ir en este viaje a ver un profesor y se encuentran con la mansión del travesti. Luego pasan cosas enredadas que sin audio no podía entender mucho. Cantaban harto y luego el travesti se acostaba con los dos. En algún punto aparece un cuarto personaje. Un hombre perfecto hecho por el travesti. ¿Y esto era su película favorita? Esta película libre y provocativa era la película favorita del hombre más conservador y trancado que conocía. Le pegué dos veces al vidrio. Por qué fuiste tan cobarde. Por qué me dejaste cuando esto se volvía serio.

Estaba más cerca de mi departamento, que del de DIEGO28. Me detuve viendo donde estaba. Donde las tiendas me habían traído y  me di cuenta que alguien no quería que lo lograra. No quería que lo superara y ganara por fin mi libertad.

Sonreí. Ahora que lo sabía no tendría poder sobre mí. Las luces se apagaron por completo, como si alguien hubiera leído mi mente. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad divisé una silueta cruzando la calle. Caminé rápido hacia el departamento de DIEGO28. Miré hacia atrás y la silueta me seguía. Me detuve.

¿Qué quieres?, le grité. Pero no me respondió, seguía allí. Como una estatua. Inmóvil. Sé tú plan. Déjame en paz. No sé quién te mandó a seguirme. No sé como has hecho todo esto. Pero no podrás persuadirme, pero el hombre no se movía. Esta noche soy libre, ¿me escuchaste?. Libre de mí mismo. El hombre levantó el rostro oscurecido y sentí como me veía directo a los ojos. Sentí más miedo que nunca y corrí. Corrí hasta el departamento de Diego28.

Entré jadeante y las luces de emergencia iluminaban de rojo un vestíbulo demasiado genérico. El conserje se desperezó y me miró con esa cara confusa de madrugada. Seguramente dormía.

Le pregunté por un Diego que vivía en el piso 16, que era amigo de un amigo y que me estaba quedando allí por el fin de semana. El conserje no parecía satisfecho. Me dijo que los citófonos no estaban funcionando y que habían cortado el agua en el barrio. Me dijo que subiera, que no me echaría a la calle con toda la ceniza y el caos con las luces. Me indicó que las escaleras estaban doblando la esquina. Tomé el valor suficiente, me alisé la polera y me sequé el sudor de la frente. Subir 16 pisos me resultaba insultante, pero toda esa adrenalina de la última hora, aún no me abandonaba.

Subí lento y mientras lo hacía, mucha gente bajaba. Debí intuir el porqué pero lo atribuí al ascensor. En ese momento podría haber dicho que era porque estaba aún ebrio, pero no era así, era otra cosa la que me enceguecía.

El humo era más denso. El suelo estaba manchado de cenizas. El olor a quemado era tan intenso que eliminó todos mis recuerdos de otros olores. Abrí la puerta 16. Estaba exhausto.

La explosión vino primero. Estaba todo en llamas. El calor me irritaba la piel y las lágrimas se evaporaron con el contacto. Me llevé el brazo a los ojos. Sentía como los pelos se me chamuscaban y el calor despellejaba mi piel más sensible. Caí al suelo ahogado,  tosí y rodé viendo cómo gente pasaba a mi lado, sin verme, huyendo del fuego maldito, del fuego que no se apagaba, irascible, celoso y orgulloso, un fuego demasiado conocido. Tosía saliva negra, arañaba el suelo alejándome del aire hirviendo y entrecerré los ojos viendo como todo se consumía.

Unas manos frías me tomaron en brazos. Era alto y robusto y el fuego no lo tocaba. Un único ascensor se abrió frente a él. Me sentó dentro y levanté la vista para verlo a contraluz. Sus alas estaban extendidas y sus cuernos eran fieros contra el fuego. El aparato hizo lo suyo y cerró sus puertas. Cayó en picada solo para detenerse lentamente a unos metros. Abrió sus puertas y un bombero me ayudó a salir de allí. Yo era el único que quedaba. De DIEGO28  no supe más.

Me revisaron y después de convencer a la enfermera de que no me dolía nada, atendió a otros y me escapé. Las luces de la calle estaban apagadas, solo titilaban las que me guiaban a casa y esta vez decidí hacerles caso.

Llegué a mi departamento junto a la mañana. Me planté frente a la puerta pero no tenía mis llaves, las había perdido en algún momento de la noche. Mi celular vibró. Volvía a tener batería. Suspiré. Un mensaje del rubio: “No me atreví a decírtelo a la cara cuando te vi en la disco, pero hazte el test.”. Algo dentro de mí lo sabía.

Miré hacia el pasillo. El llavero se venía arrastrando hasta detenerse a mis pies, me miró a los ojos, lo miré de vuelta, saltó a mis manos y abrí la puerta. La gárgola estaba de pie al centro de la habitación. Alta y robusta, caminó hacia mí y me abrazó cubriéndome con sus alas.

Caliente

Me chupaba la oreja mientras sentía su miembro cabalgándome contra el culo . Sabía que él ya no tenía poder sobre mí, pero estaba caliente, lo admito. Cabía la posibilidad de que todo se fuera a la mierda pronto y tenía que aprovechar cada oportunidad que tenía para verlo. Estos seudo-exorcismos se habían salido completamente de control, pero pueden culparme por querer acostarme con un semental, aunque fuera “legalmente” tu propio hermano. Lo dudo.

Me apretó fuerte por la cintura, deshaciéndose de mi calzoncillo. Me calentaba. Me calentaba estar desnudo frente a él. Me calentaba su sotana. Me calentaba el crucifijo en la pared y la oficina hiper sanitizada.

Él tenía 36 y yo 22. El era el hijo mayor de una familia religiosa y yo el adoptado. El estaba casado con Dios y yo era hijo del Diablo, o eso era lo que la hermana del hogar decía.

Me habían encontrado en uno de esos hogares del estado luego de un incendio. Donde la comida era poca y el abuso era mucho. Habíamos quedado todos en la calle y ella no tenía la obligación de hacerlo. Ella no necesitaba hacerlo. Pero lo hizo. Me vio, me tomó en brazos y me llevó a casa.

Me dio media vuelta para que lo mirara fijamente a los ojos. Susurró al oído que yo era el rubio de sus fantasías y puse la cara de caliente que a él tanto le gustaba. Me gruñó en la oreja y luego de un beso bruto y mojado, me penetró como si me odiara. Sentí su pene palpitando en mi interior y lo dejó allí un par de minutos mientras me besaba. Mientras me apretaba la cintura con sus manos y me impregnaba la espalda con su sudor. Su pene palpitaba y cada bombeo trepaba por mi columna hasta explotar en la parte baja de la cabeza.  Me arqueé y un gemido se deslizó por mis labios y ese minuto fue una eternidad. Ahora quería que me follara, quería que lo hiciera rápido y quería que lo hiciera fuerte, como él bien sabía que me gustaba.

No recuerdo cuando las lecturas de la biblia se habían convertido en esto. Cuando ella me llevó a casa, él ya estaba en el seminario, por lo que nunca habíamos tenido una verdadera relación de hermanos. Pero luego de que se manifestara  este problema, la familia creyó que la mejor forma de enfrentarlo era a través del Señor. Y así fue como una vez por semana, mi hermano cerraba las puertas de la parroquia, para recibirme en su oficina y leer, en privado, la biblia.

Su respiración se aceleró y lo obligué a disminuir el ritmo. Aún no quería que acabara. Lo besé hasta que se quedó sin aliento. Mis labios se deslizaron por su mentón, luego a su cuello, y enterré mis labios en su carne. Él gruñó y yo sonreí. Luego besé sus pectorales, hasta caer en su ombligo. Deslicé mi lengua sobre una antigua cicatriz y el me tomó de la cabeza y me levantó para que lo besara de nuevo. Había recuperado el aliento.

Nunca trató de engañarme. De hecho en varias ocasiones fui yo el que se le insinuó. Una mirada, un roce en la pierna, un abrazo que duraba más de lo indicado. Supe que era mío, cuando me dijo que yo le fascinaban. Entre 12 hermanos tenía que haber uno fleto.  

Me empujó la nunca contra el escritorio y me levantó las piernas apoyándolas sobre sus hombros. Me embistió con fuerza y no había terminado de gemir cuando lo hizo de nuevo. Y de nuevo y de nuevo. Y no paró hasta que mis músculos se relajaron y llevó su mano a mi pene y mis ojos se cerraron y me rendí a la presión de su cuerpo.

Recuerdo que se alegraron cuando mi problema ya no se manifestó más. Ella se lo contribuyó a las oraciones y yo, a que mis energías estaban enfocadas en el sexo. Me convencí a no esperar una lectura de la biblia para prevenir mi problema y descargué Grindr. Conocí a siete en ese tiempo. Parte de mí, los había alcanzado a todos.

Me tomó la cabeza con ambas manos y me besó de nuevo. No con pasión como estaba acostumbrado, si no con tristeza. Se estaba despidiendo y lo sentí. Me apretó contra su piel y su sudor me lo dijo y su aroma me lo dijo y su saliva me lo corroboró.

El tiempo pasó y él fue asignado a pasar un tiempo en el extranjero. No lo ví por seis meses y me di cuenta que me gustaba. Que solo él podía controlar lo que sea que se gestaba dentro mio.

De repente sus gemidos se convirtieron en quejidos Y me dijo que estaba caliente y yo le respondí que estaba bien, que me gustaba que me lo dijera y que me lo metiera con fuerza. Me gritó y apretó con fuerza. Me asuté y me gritó de nuevo. Me dijo que hervía, que lo estaba quemando. Abrí los ojos. Mi piel estaba ardiendo, literalmente en llamas.  Mi problema había vuelto y traté de soltarlo, pero él me abrazó con fuerza y me enterró en su pecho.

Cuando regresó del extranjero no apareció en la casa. Me paseaba fuera de la parroquia, pero eludía mis visitas y no me contestaba el celular. Luego de un mes me escribió para que pasara la tarde del domingo. Llegué antes de la hora. Estaba nervioso como si fuera una cita, pero todo se fue a la mierda con sus palabras. Me dijo que no podíamos seguir haciendo esto, que era un pecado ante los ojos de Dios. Lloré. Se levantó de su escritorio y se arrodilló para mirarme a los ojos. Le dije que lo amaba y él me dijo que se estaba muriendo. Que lo que sea que yo tuviera se lo había contagiado y que su cuerpo, a diferencia del mío, no podía tolerarlo. Lo abracé. Le pedí disculpas. Me abrazó, me dijo que me amaba y que follaramos por última vez. Yo accedí.

El fuego nos envolvió, mi incendio, esta vez, era incontrolable. El fuego nos envolvió. Sentí su piel burbujear y luego pegarse a la mía hasta fundirse. Nada nos uniría nuevamente de esta forma. El perfume de su cabello quemado me embriagó. Sus ojos estallaron salpicando de azul mi rostro. El gritaba. Yo contemplaba el miedo derritiendo su rostro y le susurraba palabras de alivio. Silencio. Su cuerpo bailaba al crepitar de las llamas. Sus músculos laxos me dieron un último orgasmo y lo solté dejando que la ebullición de sus vísceras quemara hasta el último hueso.